Más allá de la certeza

Miguel Segura Martín

MÁS ALLÁ DE LA CERTEZA (Poemario)

En mi Jardín

Vislumbro una presencia en el jardín.
Resiste llamar a la puerta.
Una sombra desnuda tras los setos,
agazapada entre rosales y caléndulas.
No quiere ser vista o encontrada.
Sin embargo sabe
que percibo su existencia.
Entiendo su introversión,
su reflexión difusa, etérea,
como si todo sucediera en mí mismo.
Transgrede las reglas del tiempo;
me aborda desde el futuro presente.
Su curiosidad está consternada
con la inquietud urgente del mensajero.
Una entidad fugada
de los años ya vividos
que sufre el temor a mostrarse.
¿Pánico a la amenaza de una paradoja irreversible?
¿Tiene una misión?
¿Un cósmico deber que cumplir?
¿Quién la envía?
¿Es su voluntad o una imposición?
Tal vez sueña que está en mi ensueño,
pero estoy despierto, eso creo.
Lo afirmo y al instante dudo.
Me pellizco,
recorro mi cuerpo con las manos,
me reafirmo, pero vuelvo a dudar.
Es tan real su presencia,
tan pavorosamente verídica
que me quedo sin argumentos.
Reúno los corajes que conozco
y alzo la voz pronunciando su nombre
que es el mío propio.
Mi nombre sonando
sin perturbar el éter,
resonando en la concavidad que soy,
como diástoles en las sienes.
Profiero mi nombre,
pero el silencio me devuelve más silencio,
un eco invertido que se licua en la noche,
de gota en gota sobre el rocío,
inquiriendo hacia el Este
el bálsamo de la nueva luz.

Jardín-Bosque

En un vergel de árboles
con arroyo de agua clara,
cuando en la noche irradia
la luz antigua de las estrellas
engalanadas de presente,
se despliegan las sombras
de los que habitaron el mundo,
en chozas o cavernas,
cuando la luz estallaba desde esos soles.
A grupas sobre el albor, sus sombras,
parecen jinetes ataviados de equinoccio.
Se detienen levemente
en el jardín de árboles
porque les guía la ancestral memoria,
la evocación del gran estallido
que junto a los fragmentos orbitados,
cortejan la expansión del universo.
Son partículas de luz inextinguible
que nos revelan el futuro que somos,
espejismos que se desprenden
como vainas de amapolas.
Sombras que amedrentan al peregrino
cuando caminan por su lado izquierdo.
Presencias como exhalaciones translúcidas
de la hojarasca descompuesta,
del humus que tapiza el suelo del bosque.

Jardín-Laberinto

En las entrañas de la floresta,
donde el silencio se confunde con el cielo,
donde la vida parece que dormita
y la bruma habita imperecedera,
se extiende una espesura espinosa, inquietante.
Filas de setos interminables que se elevan
como cipreses de camposanto
con apariencia de maraña insondable
y una vasta geometría oculta
a las miradas del cosmos.
Un extenso laberinto sin hilos
de emergencia para escapar.
La entrada, engañosa,
parece invitar a un paraíso
desbordado de flores y charcas
de libélulas doradas en orillas de anea.
Mas, cuando se penetra,
los setos del portal se enredan entre sí
sin dejar rastro del acceso.
Condenados a vagar
por sus perpetuas travesías
en una búsqueda estéril de escapatorias.
Se sentencia que todo laberinto tiene
una entrada y una salida,
mas las derrotas en este dédalo
conducen a un centro oscuro
horadado en el suelo,
una sima que engulle cuanto se le acerca,
como insaciable ombligo de galaxia.
Tal vez la entrada,
a los escalonados y dantescos infiernos.
Quizá el atajo al hermético centro de Gea,
tan añorado y buscado en cuentos y novelas.
Ahí permanece, inmutable,
como tela de araña que aguarda su presa.
Jamás estuvo Ariadna en este jardín.

Jardín-Necrópolis

Al otro lado de la loma
de mansedumbre verde,
de laderas desmayadas
y temerosas amapolas,
hay un jardín refugiado
entre crisantemos siemprevivos
y mármoles con petroglifos fatuos
que eternamente inquietan al visitante.
En la noche, recorren sus alamedas
sombras encorvadas de desconsuelo.
Almas que aún no entienden su destino.
Oyeron cómo les decían
que habían pasado a mejor vida.
¿Mejor? ¿Deambular
desnudos de carne jadeante?
¿De placeres nunca consumados?
¿De amores no consentidos?
¿De prohibiciones tiranas
porque no comprendían la cuota
que había que tributar a la casta dominante?
¿Es este un jardín para la muerte
de los que dieron la vida por amor?
Incrustado el mármol en la tierra,
una vez sepultado el agravio,
es el olvido el cielo de cera
que cubre la inquietud imperecedera.
Perenne parece la espera del destino prometido,
la expectación de una plaza merecida
a la diestra de un dios que no está
ni se le espera.
*

Jardín Colgante

Con el temor púrpura a lo desconocido,
tiembla la pluma en su discurso,
que con atribuladas osadías
se atreve a descorrer el velo, los velos,
de los callados jardines al resguardo del día.
Altos muros de piedra antigua,
con el verdín arcaico de eras pasadas,
trepados por hiedras y madreselvas.
Enredaderas con campánulas violetas,
coro de diminutos megáfonos suspirando,
anhelando contar la historia que fue
reptando entre lianas ya resecas
para tomar la cumbre.
Cuelgan desde el jardín solaz de reyes,
escondiendo la muralla
con sus terrazas a los ojos del invasor.
Jardín protector ante la inclemencia
de otras codicias; extraña paradoja.
Emergen de las azoteas frutales delicados,
palmeras datileras, cedros, fresnos y castaños.
Por el día, brisas y silencios dorados.
En las noches de luna,
sombras esforzadas operando cigoñales
para refresco del jardín colgante,
fluido de plata izado desde el río
al cielo de los verdes miradores.
*

Jardín Zen

Estanque de ondulada grava
como si lloviera del cielo invisible agua.
Imaginario soplo que ilumina el instinto
creando sutiles frecuencias
alrededor de rocas arcaicas, acaecidas,
donde habitan tigres incansables
obstinados en alcanzar la orilla.
A merced del sol naciente lo contemplo
y me transfiero a quimeras sin estrenar,
paradigmas que aún están en camino
procedentes de los astros.

Más allá de noviembre

Más allá de un dos de noviembre.
Más allá de flores y mármoles
ocultando a los difuntos fieles,
separados de los infieles muertos pecadores
por el muro de la intolerancia, sepultados
e ignorados en una tierra que no bendijeron los hombres,
pero que bendice el Sol cada día y donde brotan
las flores silvestres que no preguntan ni ponen precio
a la belleza y los colores de sus atavíos.
Más allá de los sueños incumplidos.
De los sueños sin despertares, de los cipreses
orientados al cielo para destrabar la senda
a las consciencias desorientadas y retenidas
por las voces y los llantos que las reclaman.
Mas la libertad les pertenece y el albedrío
de asomarse a la existencia para el último relato,
la última cortesía… la última.
Puerto de mármoles y flores donde
no se despiden para siempre a los navegantes,
porque son la tenaz evidencia
de nuestra próxima e innegociable mudanza.
*

Más allá de las banderas

Trajes a medida. Negras corbatas, de seda.
Rígido ceremonial en un cerco de banderas
con semblantes de palidez fingida,
los mismos que impiden que los muertos
sobrevivan en sus exclusivos hospitales.
Ceremonial de luto que a nadie importa
porque los allegados se sienten traicionados, excluidos.
Protocolo de luto interesado y frío,
argumento de pantomima para la exculpación
tras reiterar obstáculos y negaciones
a los que se dejan la piel para protegernos
de la devastación y del olvido.
Pero el luto va más allá de la ceremonia con banderas.
La muerte aún no ha terminado con su adquisición,
menos aún con su recuento, el que nos aterra,
estadísticas que algunos niegan
mientras son conducidos a cuidados intensivos.
No es tiempo de corbatas negras y crespones
en banderas multicolores, sino de batas blancas,
corazones sensitivos y manos que devuelven a la vida.
Más allá de esta vida quedará la piedad del Conocimiento
frente a la inmisericorde indiferencia
de los que sólo se ufanan por el poder -palabra pequeña-
porque ignoran que el Poder está en la Vida
y en lo que más allá de la Vida
se gesta perpetuamente
desde que acaece el Universo.
*

Más allá de la memoria

Camino agrio el que a veces recorre la memoria
saltando de piedra en piedra
como cuando se cruza un arroyo o un lodazal.
Llegar al recuerdo preciso, necesitado,
sin afluentes que buscan la distracción y el desvío
de la búsqueda en la maraña de evocaciones
que la mente agita para entorpecer el propósito.
Ceder al laberinto de imágenes y sucesos
rindiendo la voluntad,
logra que el recuerdo buscado
se convierta en espejismos que corrompen la verdad.
Más allá de la memoria, está la amnesia deshilachada,
ajada por el tiempo, la hiel que nunca debió ser
o la merecida miel de los orígenes.
Un recuerdo puro a través de la recapitulación,
dicen, aseveran, los que están más allá de la memoria
y han alcanzado el silencio de las voces
que tenazmente parlamentan en la caverna
de la vigilia y en el vacío nocturno de los sueños.
*

Más allá de los soportales

Sentado, a la sombra de los soportales,
despliega su extenuada escribanía
a la espera de necesitados de palabras,
humanos alientos de su pluma.
Entre tanto,
gasta un poco de tinta y retazos de papel
para acariciar versos que declamen
un futuro esplendoroso que no sea
el luminoso cielo de los que sucumben,
de los que se fueron con su traje último,
nuevo de no usarlo nunca
porque no tuvieron ocasión de lucimiento.
Al frescor de los soportales desgrana la espera.
anhelando descifrar su futuro mínimo
con el hado de la gramática distraído
por las callejas donde todas las puertas
se han cerrado para evitar el calor desquiciado
que recorre la piedra desnuda.
Y a la sombra de los muros,
sus moradores posponen las epístolas
ignorando al escribano y sus carencias.
Concluye el amanuense que hoy toca el hambre,
que cuando acontezca el frescor de la tarde,
tal vez los moradores, resurgidos,
le busquen por la plaza y encomienden a su pluma
desvelos, buenas nuevas
o confidencias de amor encendido.
*

Más allá de la duda

El mundo, nuestro mundo, un enigma
sostenido por filamentos invisibles
en la perpetua negritud del cosmos.
Una cápsula espacial sin salidas de emergencia.
Gobernada por Natura, donde vivir y morir
es un secreto de su exclusivo discernimiento.
Un tiempo para la vida y otro para el estertor,
con estaciones a la intemperie
bajo un Sol insobornable,
que ampara de la gélida soledad de la galaxia
y un delgado velo gaseoso que retiene la existencia.
La Diosa-Madre consiente nuestro albedrío
pero enfurece ante el agravio y nuestro desprecio.
Juzga que somos las criaturas alevosas
que entristecen al mundo con sus crueldades.
¿Cuántas olas hay que contar
para declarar a la mar Gruesa o Confusa?
¿Cuántos naufragios contaremos
en las esquelas de sucesos,
hasta entender que Natura ha dispersado
una infinitesimal parte de su microcosmos
contra los individuos que creen
que el mundo les pertenece?
Ignoro,
si formar parte del Cosmos es un privilegio
o un suceso fortuito fruto del caos.
¿Se pregunta esto mismo una estrella, un cometa,
acaso el hidrógeno o el helio, o la sal de la mar?
En mi ensueño,
-un parlamento atómico universal-,
creo oír voces de recelos y efervescencias,
demandando a la Madre de todas las madres
poner fin a esta demencia arrogante.
COVID dan en llamar al emisario;
profusos los que no acatan el llamado.
Creen que la fiesta en el mundo zumbará
para ellos y ellas por siempre jamás,
el mensaje es para los idiotas.
¿Cuántos muertos hay que contar
para detener los regueros de pólvora
en torno a la santabárbara en la que ahora
estamos todos? Absolutamente todos.
*

Más allá de mi ventana

Desde mi ventana oigo
los rugidos graves de vapor
de los buques a punto de zarpar.
Vapor que se funde con las nubes
que después crean la tempestad,
el agua dulce de los manantiales,
hidrógenos ataviados para proveer vida.
Desde mi ventana no veo la bocana,
sino desde el recuerdo:
fragatas, bergantines y goletas
movidas por el viento, y el vapor
solo habitando el cielo con fiesta de gaviotas.
Desde mi ventana intuyo el horizonte,
el de ahora y el de siempre.
Horizonte inalcanzable, eternamente,
en la lejanía, sueño irreconciliable
de la marinería y de la Rosa de los Vientos.
*

Más allá del horizonte

La tarde pinta el horizonte en degradé,
último naranja del día convocando al intenso prusiano
que embelesa la oscuridad tras de sí.
Al fondo, lejos, tan lejos, en la honda y nítida
negritud de la noche, el abrazo planetario,
un poco a la izquierda del Oeste, nuestro Oeste.
Infinitos siglos buscándose alrededor del Sol
en un juego de galaxia
sin lugar para esconderse.
Saturno luciendo sus collares de granito
en perpetua y radiante traslación.
Júpiter, rotundo coloso,
irradiando su poderoso fragor en el periplo.
Viaje planetario sólo permisible
a los ensueños o a los arrebatos
de nuestra frágil fantasía.