Luz menguante

Miguel Segura Martín

La luz menguante (Poemario)

Absorta el alma
en callada contemplación
(tránsito velado del pensamiento),
sin apenas albedrío,
fugaz presentimiento, ser
que habita clamando eclosión.
Antojadizo tiempo del sueño cuando
exhibe mosaicos insensatos,
porque despertar es un trasiego
a la realidad hostil.
La vida.
La frágil ancianidad.
Retorno al miedo,
a las envejecidas sombras del tiempo
gastado, sin sendas de retorno,
inexorable,
sin posible apelación.
Ser sin la certeza de haber sido.
Desengaño del futuro que no fue.
Esclavitud del perverso
dulzor que ciega, atemorizando
el corazón en sus pasos perdidos,
con los pasos no gastados;
amputación de caminos.
Ser que pregunta en sus adentros
por el dios que nunca dio
cumplimiento a su rogativa;
con el tiempo acabado,
con los plazos vencidos.
Sólo los ínfimos instantes
para la pregunta arcaica,
remota,
incontestable.
Porque su voz,
quedó velada al nacer el mundo.

Enajenación

Abandonados,
ante el portal de la muerte,
a su suerte no gastada
adelantada en el tiempo.
Prohibieron su salvación
dejándoles errar en la oscuridad
sin amparo posible.
Sin juicio, condenados,
sin ángeles custodios.
Muertes decretadas de oficina.
Ínferos de un Virgilio avergonzado.

Sudor frío

Quedan tres gotas de sudor
para desfallecer en redondo.
Tres mares –si se piensa-
para subir a lo más alto;
cumbres que rocen las estrellas
a donde no suben los humos,
las pesadillas ni las vergüenzas.
Tres mares
de hidrógenos sorprendidos
por las miradas vidriosas, opacadas,
que ya no ven
sino la luz de los adentros,
en el ser,
pues el estar ya es olvido.

Soledad del mármol

Se irán las entidades plañideras
con sus frascos vacíos
a sus rutinas veraniegas de terraza
con el deber de Antígona cumplido.
Pasarán de largo las amapolas
ante las tumbas
porque son guardianas de la vida
y su alimento.
Mas quedarán los cipreses erguidos,
contemplativos, ajenos
al dolor y la gusanera,
con la fosforescencia coral
que trae la oscuridad consigo.

Árboles cuidadores

Custodian sombras de plátanos,
ficus, álamos plateados
los bancos acogedores.
Sin interés ni comisión.
Sin instancias requeridas.
Afables, hospitalarios.
Abrazan los cuerpos fatigados
que han dejado de medir
el tiempo,
y sentados,
sin respuestas,
contemplan la mudanza
de la ciudad, su tornadiza luz;
multiverso fascinador,
certeza de aplazamiento
y la nostalgia de amor
que llevarán consigo
como única posesión.

Mis padres

Ya no están.
Ya no transitan sombras
en la pared desconchada,
en la penumbra del pasillo,
por la baldosa gastada.
Ya no chirrían los goznes
ni hay cantar de canarios.
Ya no está el resplandor
que impregnaba la estancia;
la canción susurrada,
eternamente inconclusa.
Ya no están.
Ya son huérfanos
los paramentos conquistados,
con dolor de años interminables;
tiempo insensato de sacrificio.
Ya no están.
Acogieron los árboles
sus cenizas inexpresivas, mudas,
tal vez, único portal a las estrellas;
en el silencio reverente del monte;
bajo el cielo vigilante
que no juzga ni pregunta.
Ya no están.
Ninguno de los tres.
Pero son.
Seguirán siendo.
Siempre. Siempre.