Las alas de tus palabras
me estremecen con la brisa litoral
colmada de sal y esperanza,
como verdeo de marzo en los delicados brotes.
Sendas en los bosques
que susurran tierra adentro su canción.
Tus visiones traspasan velos de certidumbre,
fusionan los tres tiempos
en instantes precisos,
modelando imágenes ojos adentro,
aire adentro, sin nebulosas.
Vuelan, danzan, saltan;
juego de niños que sólo ellos comprenden,
cuando dibujan con tiza en el suelo
coordenadas de vida y cielo.
En medio de la mar gruesa y a la deriva,
en lo intrincado,
enciendes una luz guiadora.
El mundo envejece; envejecemos,
porque la vida nos quita el compás y el timón,
como si ya no nos fuesen necesarios;
el párrafo conmovedor que insta a volver;
las palabras iluminadas de aquellos
que antes de cumplir
con el mandato de las estrellas
nos convierten en testigos de la luz;
que se deja reposar en el estante
para el nuevo día, llevando,
a la soledad de la almohada,
sus ecos interminables,
persistentes,
en la solitaria penumbra de los anaqueles.
¿Qué haré cuando la oscuridad
venga a vivir en mi memoria
y decida, sin consultarme,
que se queda para siempre?
¿Quién me guiará en el viaje de vuelta
cuando haga el camino, los caminos
a ninguna parte?
Perdido como niño que se suelta de la mano;
perdido en el pensar, en el mundo:
espejo que no devuelve la imagen conocida
sino el esperpento absurdo, injusto.
Aunque mis pies, alguna vez,
me conduzcan al abismo,
tengo la certeza de que conservarán
la memoria exacta para llevarme a ti,
a tus palabras voladoras,
a los cálidos cobertizos que me previenen del mundo.
A veces me sorprendo imaginando,
que a la primera señal
–cuando el silencio se torne en clamor–,
prepararé el hatillo de la memoria mínima,
la más querida y arraigada:
último acto de amor incondicional
y libertad sin fisuras.
Cuando el derecho ya sea resignación
y la resignación un camino sin retorno.
Cuando a mí me toque.
Cuando mi silencio sólo sea recuerdo.
¿Permanecerán los libros en sus estantes?
¿Me acompañarán las voces,
de los que ya no están,
en el incierto tránsito?
Me gusta pensar que entre los libros
no habita mi soledad. Sólo el temor
a que renazca la demencia
y los arrojen de nuevo a la hoguera.