En ocasiones se puede ser
como el niño torpe y caprichoso
que ha perdido su cometa.
Y, acto seguido,
ser la cometa misma
buscando el camino de vuelta
al corazón del niño.
Como la voz interior que es convocada
y, simultáneamente,
es esa voz la que exige su presencia,
para incendiar con la palabra
el corazón y todos los sentidos.