La dorada luz del atardecer

Miguel Segura Martín

¿En qué génesis demencial
se arrogó el hombre
absoluto poder
sobre todo lo surgido en el mundo
después de que la luz se hiciera?
Empecinados en un binomio
donde siempre gana el más fuerte;
el más letal.
Dejando en el olvido
el antiguo busto andrógino de cuatro rostros,
la creatividad infinita de Natura,
crisol de amores y deseos
que perpetúan el mundo.
En la gran laguna,
los sueños hunden sus remos infatigables
ansiando la otra orilla.
Sus ondas anulares se propagan
como decretos de rebeldía.
Alcanzarán todas las orillas,
todas las playas,
como versos no escritos,
como gritos sin estrenar,
antes de que la noche
lo oscurezca todo una vez más.
En cada orilla,
cuando se vuelve dorada la luz del atardecer,
se recogen las artes de copo; se encienden candelas.
Desde la distancia,
las playas se tornan en horizontes de salvación
con sus faros de esperanza,
y la noche se muestra menos oscura,
menos fría. Menos amenazadora.