Humo y Niebla

Miguel Segura Martín

El arquero

Tensa su arco un colosal arquero,
rodilla en tierra,
en el cielo engrandecido,
porque ocupa la noche entera
ocultando cohortes de estrellas
con su hercúlea anatomía translúcida,
como vapor cósmico, como hijo predilecto
de alguna deidad arcana desconocida, ignorada,
ni tan siquiera soñada en la mejor de las visiones.
Tensa el arco sugiriendo el infinito,
sin intención aparente de propulsar la flecha,
silencioso, contemplativo,
con toda la inmensidad abierta al tiempo detenido,
al tiempo que se ausenta, sumiso,
ante la presencia de una existencia superior y vigorosa.
Ocupa el cosmos como galaxia emancipada y asceta,
entre incalculables vigías en la vastedad.
Visión de humo y niebla,
concebida en el cielo nocturno de la Axarquía,
subordinada al asombro, la mirada desnuda,
con el aliento contenido y una promesa sin descifrar.
En la misma noche,
otro prodigio de humo y niebla:
Dos gatitos romanos
se disputan las sombras que transitan por el suelo,
donde yace un cuerpo que explora la bruma,
abandonado a su azar.
El correteo de los gatos,
en su juego inocuo, no le perturba.
Entonces, el suelo,
con ostentación de leyes propias,
libera su energía elástica de resorte
y yergue el cuerpo sin voluntad.
Ya en pie,
su mente se confina en el portento, se descubre a salvo,
porque una fuerza invisible le protege,
porque el humo y la niebla acaban de transformar a los gatitos
en feroces tigres, prestos al mortal asalto.

La memoria

¿Recuerdos perdidos?
Dilatados corredores con infinitas estancias
de contenidos encerrados, suspendidos, aplazados;
puertas cerradas sin llave,
pero atascadas por el óxido del olvido
y la deserción de la curiosidad.
Recuerdos dilapidados y condenados al olvido
por el dolor que causaron,
por el humo,
por la tóxica niebla que derramaron
cuando se estrenaba el alma novicia en su nueva dimensión.
Laberinto eléctrico de sucesos,
vividos o imaginados,
neuronas infatigables repartiendo el correo
por las infinitas estancias,
algunos en su buzón,
los más,
deslizados bajo la puerta,
sin llamada, sin aviso.
Llegado el tiempo oficial para el olvido,
inútil es el recordatorio,
el inventario, el testimonio,
las pruebas de lo que una vez fue (o pudo haber sido).
Un día nunca es una vida,
pero una vida puede semejar un día.
La memoria, sentenciada,
sin jueces ni letrados,
en un tribunal de humo y niebla.

Ver la música

Acogido de cuerpo entero por el diván mullido.
Los ojos clausurados,
mas despiertos en la penumbra de la estancia.
Los oídos expandidos,
invitadores, despreocupados.
Comparece la música como niebla densa,
como humo sigiloso de incienso,
ectoplasma de dimensión desconocida
que recrea imágenes en la mirada interna,
sin traductores ni criptógrafos,
como un encuentro con la luna
en un sueño que deja rastro:
La música hecha esfinge en movimiento.
De humo y arena.
De arena y niebla.
Imágenes que no consienten la descripción con la palabra.
Pertenecen a una dimensión sólo permitida a la mirada:
Pareidolias de nebulosa.

Tendederos

Orea la calidez de la mañana las prendas reiteradas,
inmovilizadas en los tendederos,
suspendidas sobre el abismo del patio de luces,
sin más horizonte que la pared vecina,
como pálidos guerreros enfrentados al Tiempo,
sabiéndose vencidos y a la deriva.
Prendas desfallecidas aferradas a su eternidad
por decreto doméstico.
El oscuro oportunismo de algunas codicias
parece que detuvieran el desgaste
(de las prendas)
que cuelgan del cordaje desvencijado,
más livianas, menos abrigadoras y descoloridas,
blanquecinas y deslustradas, prendas agotadas
en la languidez previa al desgarro.
Tendederos tristes y avisadores
de atardeceres demacrados,
esperanzados en el hilo y en la aguja.
Nos vamos conociendo por la ropa en el cordaje,
las jarcias en el patio de luces, buques de hormigón.
Hoy me he asomado para recoger la ropa.
Prendas y muros, todo chocolateado,
también el cielo de la tarde.
Todo lo invade la calima,
la sustancia que viene desde el desierto
reclamando sus fosfatos.
Y están las prendas danzarinas entre árboles,
junto a casas encaladas,
coreografías soleadas, asépticas.
También aquí ha llegado el aliento rojizo,
la niebla y el humo del océano inhóspito,
arrebatando a la colada alba
el blanco nuclear de sus fibras.