Hipocondría

Miguel Segura Martín

Con la luz de las nubes altas
se me tornan los ojos orientales:
aprensión en las dioptrías;
pavor en el diafragma;
géiseres en los lagrimales.
Me causan calambres en los pies
los extensos Serengeti del consumo,
ramblas infinitas de abundancia
que no representan
la totalidad del mundo;
eso me entristece.
Se acentúa
mi soledad en las grandes avenidas
y prospera el terror
en los oscuros callejones.
Peligros es el destino
del autobús que nunca tomo,
por si acaso y por si las moscas.
Camino por sendas de flores
muy lejos de los barrancos.
Los precipicios
tienen vocación de engatusar
e invitar al salto, para ver qué pasa.
Elijo el fresco rebalaje,
el suelo cercano, constante,
aunque ante mí se extienda
el agua infinita con sus criaturas
acechantes y mordedoras.
Los violentos abismos,
con sofocantes hogueras
y lamentos inconsolables,
son senderismos para Dante,
que allá se queden.
Las miradas con fiereza,
oscuras de tiniebla,
me alertan el intestino y lo desbocan,
por tanto,
me parapeto en el corazón
y escojo la acera deshabitada,
el horizonte conocido,
la gravedad que me sujeta al suelo,
y, cuando en la corta distancia
reconozco la ventana de mi casa,
recupero el sosiego en los pulmones
y me siento arropado por el cielo protector.
A salvo una vez más.
¿Cuántas más?
Se parece tanto el futuro a la prehistoria...
¿Es ajena la galaxia a este bucle?
Ya fuimos
programados en lo arcano del Tiempo,
y lo vuelven a hacer, lo hacen de nuevo:
sofisticadas inteligencias
niñeando a ser dioses,
insatisfechos del ser primigenio
que la Naturaleza nos asignó,
acechan nuestras ubicaciones para vendernos
un futuro de humo con olor
a madreselvas de plástico.
¿Mi destino en sus teclados,
en sus tenedurías?
¿Ocuparán alguna vez
cualquiera de los círculos infernales
donde se abrasan las arrogancias?
Doctores tiene la vida:
mañana cita en el centro de salud.
Festival de glucosa y colesterol;
aprensión en las filas;
beneficios en las farmacias.
Y el reloj,
que no se detiene ni para regocijarse
con la puesta de sol
o con los mirlos de mi jardín.
No hay dioses suficientes
capaces de parar el tiempo.
Y yo...
me derramo triste.