Fronteras de agua

Miguel Segura Martín

Se tiene a la mar por frontera.
Aguas de nadie, necrópolis multirracial,
humedad persuasoria, corrosiva,
centinela de costas prohibidas.
Hay cataratas poderosas
de torrentes desbocados
separando pueblos y ritos ancestrales:
Saltos de fe hacia las anchas y saladas aguas
de cuyos azares nada saben,
portando vida y mineral restaurador
a los asediados océanos, a las vetustas aguas
con cicatrices de milenios,
hogar de criaturas colosales
que ahora, al fin, usan su vigor
para proteger el reducto que les queda,
al que las han empujado la codicia
y la depredación humanas.
Aguas que se transgreden
arriesgando vidas y míseros equipajes,
porque en la otra orilla humea la esperanza,
ignorando que es humo devastador,
como el que dejan atrás
con inopias y remordimientos.
Que proclaman la libertad,
una suerte en vías de extinción pero, aún así,
buscada como el aire que el angustiado demanda
cuando se hunde y se ahoga. Se ahogan.
Porque son seres del sol y la tierra
entregadas al sacrifico de las aguas
con sueños de libre supervivencia,
el más elemental sueño humano,
el más sagrado deber que exige Natura a sus criaturas,
el que tantos detestan con ignorancias y cobardías.
Crear fronteras con el agua,
la forma más antigua de terror:
no se sabe respirar en ellas,
no se sabe qué vive en sus profundidades.
Me asombra la osadía de las aves
que cruzan el cielo de los océanos
sin una simple roca donde hacer un descanso,
donde recuperar el aliento gastado
para alcanzar la lejanísima orilla donde aovar.
Sueños de aves y supervivencia.
Hay golondrinas que encuentran la suerte en alta mar:
Hacen su nido bajo el alero del puente de un pesquero
que la marinería respeta y celebra
porque les trae suerte, dicen.
Suerte compartida con un polizón inesperado
y su descendencia, que volverá al año siguiente
si faenan en las mismas aguas:
Ejemplar acogida generosa.
Convocan la misma suerte
los que transgreden las fronteras de agua,
con acogida de emergencia y dolor,
dolor y rabia por los no salvados; sueños tragados
por la insaciable garganta de la mar.
Argonautas desabrigados de su suerte,
arruinados en la plata y en la esperanza,
amoratados por el miedo,
la vastedad del agua y su frontera,
una promesa fingida de vellocino
que ningún Jasón pondrá a su alcance,
salvo labores indocumentadas en invernaderos
que enriquecerán al abusador,
mientras el mundo se mira los pies
pensando en zapatos nuevos.
Una ciudad con río, dos ciudades,
forjándose constantemente,
instituyendo puentes,
licuando la vocación fronteriza de sus aguas:
Una margen de miseria con hedores
siempre condenada al abandono,
a la supervivencia peligrosa y al motín.
La otra margen,
con privilegios heredados y consignas,
calculando inversiones para la orilla opuesta:
Afincar en suelos de ocasión la ostentación,
hectáreas de ocio y mercadería,
despliegue de jardines y alamedas,
porque al otro lado hay playas
que los pobres no saben gobernar.
Caen dos pájaros a la vez:
Transfieren la indigencia a otro reducto inhóspito
y suprimen el espíritu de frontera en esas aguas
que ya nadie quiere. Tabula rasa.
Río Grande, Río Bravo,
nomenclatura de las mismas aguas,
eterna frontera de ida y vuelta
que se porta a la espalda embebida
cuando el abrazo no es de acogida.
Al otro lado, coyotes embozados conducen
a las sombras con pulsera a un destino de humo.
“Si pierdes tu pulsera de solvencia, estás muerto”
“Si te atrapa la corriente, estás muerto”
“Si regresas a tu casa y sus miserias, te quitarán la vida”
Eso les dicen. Eso les auguran.
Porque el futuro al otro lado de Río Grande,
es inexpugnable y anochecido.

Frontera de agua.