Nos llega la luz agorera de septiembre, la brisa fresca, repentina,
con la somnolencia del membrillo que abrirá los ojos más tarde,
con el último estertor del verano, el veranillo. Los sudores de agosto
son agua pasada y se inicia la operación retorno
de vencejos y golondrinas,
criaturas al calor de paraísos siempre
lejanos. Se ha desnudado sin pudor el fruto
en lagares y almazaras entregando la virtud, jugos dorados para la salud y la fiesta,
amor de tierra maternal y generosa.
Se inicia el fermento de la uva recogida.
Se muele el trigo en la tahona. Pan para hundir en el aceite nuevo.
En los campos, aves hambrientas rebuscan en el reciente barbecho;
roedores a la espera del sobrante
Se renuevan libros, atuendos y mochilas escolares.
Rebajas que nunca se fueron de veraneo, que persisten en vendernos lo que les sobra y nadie quiere.
y del cielo despejado de rapaces vehementes. Hay que atesorar para el invierno.
Economía natural. Economía de otoño,
sin codicias añadidas, sin arqueos ni cotejos.
El remanente lo digiere la tierra. Lo que excede se reincorpora a la vida.
Vienen a las calles de mi barrio
a vender sus moscateles, que conservan el frescor verde de la madrugada,
su dulce chasquido en el paladar, el preludio del néctar que serán. Se aventuran por las aceras mostrando los exquisitos mangos,
maracas de bondadosa y jugosa pulpa, joyas de otoño en nuestras mesas.
Y siguen siendo anónimas las manos encallecidas, anónimo el esfuerzo,
recóndita el alma de la tierra
y el abrazo que cada madrugada hombres y mujeres ofrendan a la huerta, como el lazo que se ata al árbol
para dar gracias por los dones recibidos.
En nuestros campos no existe la palabra despilfarro.
Las cocinas del Foro se las disputan y ponen de moda el aguacate.
Ya casi nadie pide tostadas con mantequilla.
Luz de otoño. Vientos de otoño
(pesadilla de barrenderos).
La tierra bosteza ante el inminente letargo.
Vuelan cometas en el cielo.