Vislumbro su presencia en el jardín.
Se resiste a llamar a mi puerta.
Una sombra desnuda tras los setos,
agazapada entre rosales y caléndulas.
No quiere ser vista ni encontrada.
Sin embargo sabe que percibo su existencia.
entiendo su introversión,
su reflexión difusa, etérea,
como si todo sucediera en mí mismo.
transgrede las reglas del tiempo;
me aborda desde el futuro presente.
Su curiosidad está impregnada
de la inquietante urgencia del mensajero.
Una entidad fugada del tiempo ya gastado
que sufre el temor a mostrarse.
Pánico a la amenaza de una paradoja irreversible?
¿Tiene un cometido?
¿Un cósmico deber que cumplir?
¿Quién la envía?
¿Es su voluntad o una imposición?
Tal vez sueña que está en mi ensueño,
pero estoy despierto, eso creo.
Lo afirmo y al instante dudo.
Me pellizco,
recorro mi cuerpo con las manos,
me asevero y confirmo, pero vuelvo a dudar.
Es tan real su presencia,
tan pavorosamente verídica
que me quedo sin argumentos.
Convoco los corajes que conozco
y alzo la voz pronunciando su nombre
que es el mío propio.
Mi nombre sonando sin perturbar el éter,
resonando en la concavidad que soy,
como diástoles en las sienes.
Profiero mi nombre,
pero el silencio me devuelve más silencio,
un eco invertido que se licúa en la noche,
de gota en gota sobre el rocío,
inquiriendo hacia el Este
el bálsamo de la nueva luz.
En un vergel
de árboles
con arroyo de agua clara,
cuando en la noche irradia
la luz antigua de las estrellas
engalanadas de presente,
se despliegan las sombras
de los que habitaron el mundo,
en chozas o cavernas,
cuando la luz estallaba desde aquellos soles.
A grupas sobre el albor, sus sombras
parecen jinetes ataviados de equinoccio.
Se detienen levemente en el jardín de árboles
porque les guía la ancestral memoria,
la evocación del gran estallido
que junto a los fragmentos orbitados,
cortejan la expansión del universo.
Son partículas de luz inextinguible
que nos revelan el futuro que somos,
espejismos que se desprenden
como vainas de amapolas.
Sombras que amedrentan al peregrino
cuando caminan por su lado izquierdo.
Presencias como exhalaciones translúcidas
de la hojarasca descompuesta,
del humus que tapiza el suelo del bosque.
En las entrañas
de la floresta,
donde el silencio se confunde con el cielo,
donde la vida parece que dormita
y la bruma habita imperecedera,
se extiende una espesura espinosa, inquietante.
Filas de setos interminables que se elevan
como cipreses de camposanto
con apariencia de maraña insondable
y una vasta geometría oculta a los ojos,
pero no a las miradas del cosmos.
Un extenso laberinto sin hilos
de emergencia para escapar.
La entrada, engañosa,
parece invitar a un paraíso
desbordado de flores y charcas
de libélulas doradas danzando en orillas de anea.
Mas, cuando se penetra,
los setos del portal se enredan entre sí
sin dejar rastro del acceso.
Condenados a vagar
por sus perpetuas travesías
en una búsqueda estéril de escapatorias.
Se sentencia que todo laberinto tiene
una entrada y una salida,
mas las derrotas en este dédalo
conducen a un centro oscuro
horadado en el suelo,
una sima que engulle cuanto se le acerca,
como insaciable ombligo de galaxia,
una negra y escalofriante entrada
a los sucesivos y dantescos infiernos.
Quizá el atajo al hermético centro de Gea,
añorado y buscado por exploradores de novelas.
Ahí permanece, inmutable,
como tela de araña que aguarda su presa.
Jamás estuvo Ariadna (ni se la espera)
en este jardín.
Al otro lado de la loma
de mansedumbre verde,
de laderas desmayadas y temerosas amapolas,
hay un jardín refugiado
entre crisantemos siemprevivos
y mármoles con petroglifos fatuos
inquietando eternamente al visitante.
En la noche, recorren sus alamedas
sombras encorvadas de desconsuelo.
Almas que aún no entienden su destino.
Oyeron cómo les decían
que habían pasado a mejor vida.
¿Mejor?
¿Deambular desnudos de carne jadeante?
¿De placeres nunca consumados? ¿Mejor?
¿De amores no consentidos?
¿De prohibiciones tiranas
porque no comprendían la cuota
que había que tributar a la casta dominante?
¿Es este un jardín para la muerte
de los que dieron la vida por amor?
Incrustado quedó el mármol en la tierra.
Una vez sepultado el agravio,
es el olvido el cielo de cera
que cubre la inquietud imperecedera.
Perenne parece la espera del destino prometido,
la expectación de una plaza merecida
a la diestra de un dios que no está ni les espera.
Con el temor púrpura a lo desconocido,
tiembla la pluma en su discurso,
que con atribuladas osadías
se atreve a descorrer el velo, los velos,
de los callados jardines al resguardo del día,
de la noche y del ocaso donde se diluye la esperanza.
Altos muros
de piedra antigua,
con el verdín arcaico de eras pasadas,
trepados por hiedras y madreselvas.
Enredaderas con campánulas violetas,
coro de diminutos megáfonos suspirando,
anhelando contar la historia que fue
reptando entre lianas ya resecas
para tomar la cumbre.
Cuelgan desde el jardín, solaz de reyes,
escondiendo la muralla con sus terrazas
exuberantes a los ojos del invasor.
Jardín protector ante la inclemencia
de otras codicias; extraña paradoja.
Emergen de las azoteas frutales delicados,
palmeras datileras, cedros, fresnos y castaños.
Por el día, brisas y silencios dorados.
En las noches de luna,
sombras esforzadas operando cigoñales
para refresco de los jardines colgantes,
fluido de plata izado desde el río
al cielo de los verdes miradores.
Jardín zen
con olas de grava
como si lloviera del cielo invisible agua.
Imaginario soplo que ilumina el instinto
creando sutiles frecuencias
alrededor de rocas arcaicas, acaecidas,
donde habitan tigres incansables
obstinados en alcanzar la orilla.
A merced del sol naciente lo contemplo
y me transfiero a quimeras sin estrenar,
paradigmas que aún están en camino
procedentes de los astros.
Más allá
de un dos de noviembre.
Más allá de flores y mármoles
ocultando a los difuntos fieles,
separados de los infieles muertos pecadores
por el muro de la intolerancia, sepultados
e ignorados en una tierra que no consagraron los hombres,
pero que bendice el Sol cada día y donde brotan
las flores silvestres que no preguntan ni ponen precio
a la belleza ni a los colores de sus atavíos.
Más allá de los sueños incumplidos.
De los sueños sin despertares, de los cipreses
orientados al cielo para destrabar la senda
a las consciencias desorientadas y retenidas
por las voces y los llantos que las reclaman.
Mas la libertad les pertenece y el albedrío
de asomarse a la existencia para el último relato,
la última cortesía… la última.
Puerto de mármoles y flores donde
no se despiden para siempre a los navegantes,
porque son la tenaz evidencia
de nuestra próxima e innegociable mudanza.
Trajes a medida.
Negras corbatas, de seda.
Rígido ceremonial en un cerco de banderas
con semblantes de palidez fingida,
los mismos que impiden que los muertos
sobrevivan en sus exclusivos hospitales.
Ceremonial de luto que a nadie importa
porque los allegados se sienten traicionados, excluidos.
Protocolo de luto interesado y frío,
argumento de pantomima para la exculpación
tras reiterar obstáculos y negaciones
a los que se dejan la piel para protegernos
de la devastación y del olvido.
Pero el luto va más allá de la ceremonia con banderas.
La muerte aún no ha terminado con su adquisición,
menos aún con su recuento, el que nos aterra,
estadísticas que algunos niegan
mientras son conducidos a cuidados intensivos.
No es tiempo de corbatas negras y crespones
ni banderas multicolor, sino de batas blancas,
corazones sensitivos y manos que devuelven a la vida.
Más allá de esta vida quedará la piedad del Conocimiento
frente a la inmisericorde indiferencia
de los que sólo se ufanan por el poder - pequeña palabra -
porque ignoran que el Poder está en la Vida
y en lo que más allá de la Vida se gesta perpetuamente
desde que acaece el Universo.
Camino agrio
el que a veces recorre la memoria
saltando de piedra en piedra
como cuando se cruza un arroyo o un lodazal.
Llegar al recuerdo preciso, necesitado,
sin afluentes que buscan la distracción y el desvío
de la búsqueda en la maraña de evocaciones
que la mente agita para entorpecer el propósito.
Ceder al laberinto de imágenes y sucesos
rindiendo la voluntad,
logra que el recuerdo buscado
se convierta en espejismo que corrompe la verdad.
Más allá de la memoria está la amnesia deshilachada,
ajada por el tiempo, la hiel que nunca debió ser
o la merecida miel de los orígenes.
Un recuerdo puro a través de la recapitulación,
dicen, aseveran, los que están más allá de la memoria
y han alcanzado el silencio de las voces
que tenazmente parlamentan en la caverna
de la vigilia y en el vacío nocturno de los sueños.
Sentado,
a la sombra de los soportales,
despliega su extenuada escribanía
a la espera de necesitados de palabras,
humanos alientos de su pluma.
Entre tanto,
gasta un poco de tinta y retazos de papel
para acariciar versos que declamen
un futuro esplendoroso que no sea
el luminoso cielo de los que sucumben,
de los que se fueron con su traje último,
nuevo, de no usarlo jamás,
porque no tuvieron ocasión de lucimiento.
Al frescor de los soportales desgrana la espera
anhelando descifrar su futuro mínimo
con el hado de la gramática distraído
por las callejas donde todas las puertas
se han cerrado para evitar el calor desquiciado
que recorre la piedra desnuda.
Y a la sombra de los muros,
sus moradores posponen las epístolas
ignorando al escribano y sus carencias.
Concluye el amanuense que hoy toca el hambre,
que cuando acontezca el frescor de la tarde,
tal vez los moradores, resurgidos,
le busquen por la plaza y encomienden a su pluma
desvelos, buenas nuevas
o confidencias de amor encendido.
El mundo,
nuestro mundo, un enigma
sostenido por filamentos invisibles
en la perpetua negritud del cosmos.
Una cápsula espacial sin salidas de emergencia
gobernada por Natura, donde vivir y morir
es un secreto de su exclusivo dominio.
Un tiempo para la vida y otro para el estertor,
con estaciones a la intemperie
bajo un Sol insobornable
que ampara de la gélida soledad de la galaxia
y un delgado velo gaseoso que retiene la existencia.
La Diosa-Madre consiente nuestro albedrío
pero enfurece ante el agravio y nuestro desprecio.
Juzga que somos las criaturas alevosas
que entristecen el mundo con sus crueldades.
¿Cuántas olas hay que contar
para declarar a la mar gruesa o confusa?
¿Cuántos naufragios contaremos
en las esquelas de sucesos
hasta entender que Natura ha dispersado
una infinitesimal parte de su microcosmos
contra los individuos que creen
que el mundo les pertenece?
Ignoro,
si formar parte del Cosmos es un privilegio
o un suceso fortuito fruto del caos.
¿Se pregunta esto mismo una estrella, un cometa,
acaso el hidrógeno o el helio, o la sal de la mar?
En mi ensueño,
-un parlamento inabarcable y universal-,
creo oír voces de recelos y efervescencias,
demandando a la Madre de todas las madres
poner fin a esta demencia arrogante.
COVID dan en llamar al emisario;
profusos los que no acatan el llamado.
Creen que la fiesta en el mundo zumbará
para ellos y ellas por siempre jamás:
el mensaje es para los idiotas.
¿Cuántos muertos hay que contar
para detener los regueros de pólvora
en torno a la santabárbara en la que ahora
estamos todos? Absolutamente todos.
Desde mi ventana
oigo
los rugidos graves de vapor,
la bocina del buque a punto de zarpar.
Vapor que se funde con las nubes
que después crean la tempestad,
el agua dulce de los manantiales,
hidrógenos ataviados para proveer vida.
Desde mi ventana no veo la bocana
sino desde el recuerdo:
fragatas, bergantines y goletas
movidas por el viento, y el vapor
solo habitando el cielo con fiesta de gaviotas.
Desde mi ventana intuyo el horizonte,
el de ahora y el de siempre.
Horizonte inalcanzable, eternamente,
en la lejanía, sueño irreconciliable...
de la marinería y la Rosa de los Vientos.
La tarde pinta
el horizonte en degradé,
último naranja del día convocando al intenso prusiano
que embelesa la oscuridad tras de sí.
Al fondo, lejos, tan lejos, en la honda y nítida
negritud de la noche, el abrazo planetario,
un poco a la izquierda del Oeste, nuestro Oeste.
Infinitos siglos buscándose alrededor del Sol
en un juego de galaxia
sin lugar para esconderse.
Saturno luciendo sus collares de granito
en perpetua y radiante traslación.
Júpiter, rotundo coloso,
irradiando su poderoso fragor en el periplo.
Viaje planetario sólo permisible
a los ensueños o a los arrebatos
de nuestra frágil fantasía que algunos llaman... locura.
No despertar los laureles
que dormitan sobre almohada de seda,
exhaustos y complacidos.
Mientras, en la mañana,
humea la taza satisfecha
vivificando el precario futuro
que espera con zozobra los aplausos.
Encajar la máscara y la sonrisa improvisada.
Revisar los folios
que no se han borrado en la noche.
La suerte ya está echada.
Aún es ayer. Duermen los laureles.
Ni mil tazas de café harán
que el pulso tiemble y el Norte
se traslade a la Antártida
o algún desierto que desconoce
la razón de las huellas.
Los laureles son testigos insobornables,
aunque los aplausos sean fingidos,
exhaustos, desaparecidos.
Ya quedaron desnudos los balcones.
El ectoplasma diecinueve
con su futuro de quita y pon,
nos devuelve al origen de microscopio:
¡El prodigio de existir!
Origen extraviado en el camino y canjeado
por sueños cuánticos incomprendidos.
No tengamos miedo: la eternidad es incorruptible.
Imaginación.
Anchuroso valle cercado por tres tiempos,
cordilleras inexpugnables.
Se complace la fantasía con eventos de humo,
insondables, efímeros;
falso alimento para el alma que aspira
a encontrar el muro que rodea el universo.
La rosa siempre gana porque carece de sueños.
Luz, tierra y agua son el sustento.
No cimienta quimeras con su perfume,
atracción para insectos que perpetúan la vida.
La Naturaleza nos confina
para cumplir su mandato.
¡Lo que hay al otro lado del muro
no es de vuestra incumbencia! ... Proclama silente.
Lo que no se ve no existe.
Reto para la Humanidad,
inquieta por comprender la senda
que la condujo desde las estrellas.
Nadie reflexiona acerca del Cielo.
Nadie busca el periplo del retorno.
El horizonte es uno sólo;
hay que nombrarlo en singular.
Una agrupación de horizontes
es un espejismo,
cuando falta el agua,
cuando falta el pan,
cuando desaparece la alegría.
No hay horizonte perdido sino confín no buscado.
No se mueven los puntos cardinales
por mucho que se expanda el universo.
Es nuestro Norte el anclaje
para ser concretos en la existencia.
Y sin embargo,
se busca agua en Marte.
Palabras
con herrumbre
que se vienen del otro lado del telón de niebla,
que esperaron demasiado a ser convocadas,
que ahora se aceitan
para redimirse del orín.
¿Qué palabras serán las que deslumbren
con la luz prestada de la luna?
¿Qué bocina de buque sonará
con el registro sonoro que tiene
nuestro planeta en su orbitar?
¿Cuánto más porfiará la pobreza
en nuestro mundo, sumido
en laberintos de riqueza
deshabitados de Ariadnas?
Nadie me dice qué hay al otro lado
de la cortina hosca, despensa sin inventario.
Nos urden una flácida verdad.
La verdad se reconoce porque sucede.
La mentira se oculta tras la falsa bondad.
No existen los dioses,
porque no suceden.
Caminar
por el rebalaje y sentir
todo el poder del agua;
toda la magnitud de la vida sumergida,
la apabullante diversidad,
donde no llegan las arengas ni las fobias.
Orillar con cobardía bosques y desiertos.
Miedo a la vida que los habita.
Pavor a su existencia.
Creando incendios de ruina
porque en las cenizas no hay amenaza posible.
Aunque,
basta una sola crisálida
para que surja un nuevo paraíso.
Más allá
del jardín, ante mi ventana,
el rugido de la turba se viene apagando
como un eco exhausto, vencido;
fatiga de reiteración,
enemigo sometido en retirada.
No es tiempo de embriaguez y arrebato.
El mundo, en estado plañidero, abre
hectáreas de fosas para sus muertos,
fanegas de dolor donde las flores
se marchitan antes del ocaso.
Tiene el mundo un sueño colectivo,
esperanza desbocada, ansiedad de abrazo...
Que no se cumpla la profecía.
Pero ahora,
necesito el silencio.
Silencio de ponencias y tertulias.
Silencio de debates fatuos.
Mudez de ruido informativo.
Quiero silencio de arboleda, de fronda clamadora,
silencio abisal iluminado con miradores de burbujas
y praderas de algas ondulantes,
aunque parezcan mortajas de naufragios.
¿Qué campana tocará hoy a muerte?
Silencio.
Está pasando la vida con todos sus soles.
Como labrador que jamás cuestiona
el amanecer y sus fatigas.
Como paloma mensajera, siempre atenta
a la senda telúrica de su vuelo.
Como risa de nahual que ensancha la consciencia.
Está pasando la vida, cruzando está,
y el mundo mirando al suelo
con ojos cansados, con la verdad
extraviada por las aceras:
colas de supervivencia.
Se suceden los prodigios
por la tierra, el mar, el cielo,
laboratorios sin patentes.
Se entrevé una alborada cantando a la mañana,
ahuyentando la oscuridad,
clausurando los infiernos para tiempos peores.
Danzan las almas furtivas,
sacrificadas, abandonadas a su suerte.
Entornan la mirada con el alfanje de luz del amanecer.
Creen que el nuevo día les pertenece:
pedir justicia, el calor de vida que les falta,
el sol, convertido en sueño;
la noche, soledad y pesadilla.
Mundo inmerecido de lágrimas.
Con cada lágrima, un brindis.
Con cada brindis, una canción.
Con cada canción, una súplica.
Con cada ola en el rebalaje,
iones de vida y asombroso desorden.
Dime cuándo acabará...
Comprendo y resisto...