Trae la brisa
el aroma vegetal, fresco,
exudado al amparo de la noche,
con el chirrido del grillo solitario
y el siseo rasante
del vuelo del murciélago.
Es una ensoñación naranja:
en esta espaciada estancia del pensamiento,
deshabitada de jueces y verdugos,
me otorgan los laureles
en la asignatura del lenguaje.
Me brotan de los ojos
el punto, la coma y los fonemas,
y los dejo fluir torrente abajo,
como hematíes despiertos,
emocionados con la carga que transportan.
Dime, ¿qué ven tus ojos
cuando miran a la nada?
¿Ves la roca gris golpeada,
el vaivén obsesivo de las olas
agitando los bancos de neuronas?
Ahí están las blancas bodas en los arenales,
con tiempo de mariposa.
Y más allá,
la franja verde que gravita
sobre el fragor de los sueños,
hacia lo alto,
donde el cielo insondable
se alimenta de astros
y del polvo calcinado
de los huesos.
Me dicta la memoria del sueño
el recuerdo de una noche de solsticio.
La seca hojarasca,
el viento sin riendas,
el fuego recién nacido de mis manos,
y el miedo desatado
por el peligro de incendio
¿Hablé con mi voz
o con la voz del viento?
Rugieron las llamas
agitando sus crines
hechas de volutas
sobre el sediento matorral,
danzando a su antojo,
deslumbrándome.
Y todo parecía suceder
en universos diferentes.
En ellos,
Estas ensoñaciones son
como luciérnagas inquietas
restaurando la luz
que otras han perdido
en el camino.
Sé,
que existe algún lugar
en el universo
donde se dan cita
todos los sueños,
y el guardián es
una suerte de Arcángel.