Todavía persiste la opinión de mi padre
con la inconsciencia propia de los ecos.
¡Es tan agradecido!
Pero mi madre calla.
Rememora incansable
los retales de compasión
que le dispensaron
y quedaron prendidos en su vanidad.
Pero él todavía no lo sabe.
Porque mi madre calla.
Ella se dejó en Centroeuropa
el centro de su anatomía.
Partió llena de deseos
y regresó vaciada.
Pero ella calla
para que mi padre
no despierte de su mejor sueño,
y ese fragmento que se dejó allá,
prendido de algún invierno,
permanezca incorrupto.
28 mayo2000
Suena la sirena.
Todos en fila.
Entramos en el edificio
con la disciplina aprendida.
¡De repente!
Un brote de alegría,
visceral y libre
me eleva escaleras arriba
con la emoción prendida
y la carcajada.
En el rellano,
el Herr Director.
Con las manos cruzadas en la espalda.
Con la mueca infame del dictador.
Con la falsa amabilidad del verdugo.
Y cuando ya creía pasada la tormenta,
una mano enorme y emponzoñada
se ensañó con mi mejilla
de nueve años.
Todavía conservo ese dolor
junto al brillo enfermizo de sus ojos,
y el odio racial de sus dientes blancos.
Yo no entendía mi desconcierto
tras el “guten Morgen”
que se me exigía
en aquellos fríos amaneceres,
camino de la escuela.
En aquellas calles empedradas.
Medievales.
Desiertas.
Sólo escolares
y rústicos ancianos.
Arcaicas deidades germanas,
engreídas y frustradas,
exigiéndole tributo al extranjero.
A mi amigo Luisito, el gallego,
le fue peor.
Le patearon dos querubines,
disminuidos y teutones,
ante mis ojos atónitos
y mi rabia aún sin estrenar.
Era el año mil novecientos sesenta y tres.
En Erlensee.