En el recuerdo

Miguel Segura Martín

Un campanario distante,
el aroma silvestre de las agujas verdes,
el vuelo rasante del cernícalo,
el agua límpida y despreocupada.
A los pies de la montaña,
donde la tierra cambia de nombre
y se orilla el mar del olivar,
depositario del sudor y la fatiga;
mudo testigo de la amargura, el desdén,
codicia sin callos en las manos,
dolor irreversible, sanguino,
antiguo como el mundo.
Hubo un hombre curtido
por la intemperie y la tristeza,
despojado de apellido y de pasado.
Sentado ante la lumbre,
hundiendo la cuchara en la sartén de migas
sobre la triste trébede, me habló
de la virtud de curar la carne cortá.
Y que en aquellos años
del hambre y del miedo,
el juez de ese vecindario
se cobraba los castigos, las deudas
y los desahucios con fanegas de olivos,
minifundios de hambruna
que engrosaban las lindes de su feudo.
Lucas.
Los huesos endurecidos
como madera de encina.
La piel de pergamino antiguo,
la mirada que siempre busca la verdad.
Me enseñó la rebusca de la oliva,
el merecido jornal, limpio y austero,
el aceite nuevo, oloroso, virgen.
Sin brújula, en el infinito olivar,
siempre encontraba el camino de regreso,
la salida del laberinto,
sin ayuda de hilo alguno,
con el instinto telúrico de la paloma.