El tiempo detenido

Miguel Segura Martín

EL TIEMPO DETENIDO (Poemario)

El tiempo detenido

No despertar los laureles
que dormitan sobre almohadas de seda,
exhaustos y complacidos.
Mientras, en la mañana,
humea la taza satisfecha
vivificando el precario futuro
que espera con zozobra los aplausos.
Encajar la máscara y la sonrisa improvisada.
Revisar los folios
que no se han borrado en la noche.
La suerte ya está echada.
Aún es ayer.
Duermen los laureles.
Ni mil tazas de café harán
que el pulso tiemble y el Norte
se traslade a la Antártida
o a algún desierto que desconoce
la razón de las huellas.
Los laureles son testigos insobornables,
aunque los aplausos sean fingidos,
exhaustos, desaparecidos.
Ya quedaron desnudos los balcones.
El ectoplasma diecinueve
con su futuro de quita y pon,
nos devuelve al origen de microscopio:
¡El prodigio de existir!
Origen extraviado en el camino y canjeado
por sueños cuánticos incomprendidos.
No tengamos miedo:
la eternidad es incorruptible.
Imaginación.
Anchuroso valle
cercado por tres tiempos,
cordilleras inexpugnables.
Se complace la fantasía con eventos de humo,
insondables, efímeros;
falso alimento para el alma que aspira
a encontrar el muro que rodea el universo.
La rosa siempre gana porque carece de sueños.
Luz, tierra y agua son el sustento.
No cimienta quimeras con su perfume,
atracción para insectos que perpetúan la vida.
La Naturaleza nos confina
para cumplir su mandato.
¡Lo que hay al otro lado del muro
no es de vuestra incumbencia! Proclama silente.
Lo que no se ve no existe.
Reto para la Humanidad,
inquieta por comprender la senda
que la condujo desde las estrellas.
Nadie reflexiona acerca del Cielo.
Nadie busca el periplo del retorno.

El horizonte es uno sólo;
hay que nombrarlo en singular.
Una agrupación de horizontes
es un espejismo,
cuando falta el agua,
cuando falta el pan,
cuando desaparece la alegría.
No hay horizonte perdido
sino confín no buscado.
No se mueven los puntos cardinales
por mucho que se expanda el universo.
Es nuestro Norte, nuestro anclaje,
para ser concretos en la existencia.
Y sin embargo,
se busca agua en Marte.
Palabras con herrumbre
que se vienen del otro lado
del telón de niebla,
que esperaron demasiado a ser convocadas,
que ahora se aceitan
para redimirse del orín.
¿Qué palabras serán las que deslumbren
con la luz prestada de la luna?
¿Qué bocina de buque sonará
con el registro sostenido que tiene
nuestro planeta en su orbitar?
¿Cuánto más porfiará la pobreza
en nuestro mundo, sumido
en laberintos de riqueza
deshabitados de Ariadnas?
Nadie me dice qué hay al otro lado
de la cortina hosca,
despensa sin inventario.
Nos urden una flácida verdad.
La verdad se reconoce porque sucede.
La mentira se oculta tras falsa bondad.
No existen los dioses,
porque no suceden.
Caminar por el rebalaje y sentir
todo el poder del agua;
toda la magnitud de la vida sumergida,
la apabullante diversidad,
donde no llegan las arengas ni las fobias.
Orillar con cobardía bosques y desiertos.
Miedo a la vida que los habita.
Pavor a su existencia.
Creando incendios de ruina
porque en las cenizas
no hay amenaza posible.
Aunque,
basta una sola crisálida
para que surja un nuevo paraíso.
Más allá del jardín, ante mi ventana,
el rugido de la turba se viene apagando
como un eco exhausto, vencido;
fatiga de reiteración,
enemigo sometido en retirada.
No es tiempo de embriaguez y arrebato.
El mundo, en estado plañidero, abre
hectáreas de fosas para sus muertos,
fanegas de dolor donde las flores
se marchitan antes del ocaso.
Tiene el mundo un sueño colectivo,
esperanza desbocada, ansiedad de abrazo.
Que no se cumpla la profecía.
Pero ahora,
necesito el silencio.
silencio de ponencias y tertulias.
Silencio de debates fatuos.
Mudez de ruido informativo.
Quiero silencio de arboleda,
de fronda clamadora,
silencio abisal
iluminado con miradores de burbujas,
praderas ondulantes,
aunque parezcan mortajas de naufragios.
¿Qué campana tocará a muerto?
Silencio.
Está pasando la vida con todos sus soles.
Como labrador que jamás cuestiona
el amanecer y sus fatigas.
Como paloma mensajera, siempre atenta
a la senda telúrica de su vuelo.
Como risa de nahual que ensancha la consciencia.
Está pasando la vida, cruzando está,
y el mundo mirando al suelo
con ojos cansados, con la verdad
extraviada por las aceras;
colas de supervivencia.
Se suceden los prodigios
por la tierra, el mar, el cielo,
laboratorios sin patentes.
Se entrevé una alborada
cantando a la mañana,
ahuyentando la oscuridad,
clausurando los infiernos para tiempos peores.
Danzan las almas furtivas,
sacrificadas, abandonadas a su suerte.
Entornan la mirada con el alfanje
de luz del amanecer.
Creen que el nuevo día les pertenece:
pedir justicia, el calor de vida que les falta,
el sol, convertido en sueño;
la noche, soledad y pesadilla.
Mundo inmerecido de lágrimas.
Con cada lágrima, un brindis.
Con cada brindis, una canción.
Con cada canción, una súplica.
Con cada ola en el rebalaje,
iones de vida y asombroso desorden.
Dime cuándo acabará.
Comprendo. Resisto.
También olvido.
Refugiarse en el olvido,
es como poner
la consciencia en salazón
para no verse afectada
por las moscardas
portadoras de mentiras.