Desde la Cumbre

Miguel Segura Martín

DESDE LA CUMBRE (Poemario)

La Montaña.

Desde la cumbre, donde
se desmantela la invocación.
Cuando retales de la consciencia
refutan el torrente de la memoria
impuesta por recuerdos precarios
y los años se saben quebradizos,
acudo con los signos del sol
que descienden del cielo,
filamentos de invisible luz,
hilos de marioneta:
¿Libre albedrío o destino
instituido más allá de las estrellas?
No sé interrogar a la montaña de entonces.
Asisto con el fulgor en los ojos
y el designio creador en las manos.
Hay sombra de luna y estallido de simientes
con vocación de flor.
El océano de árboles me envuelve
con su magma vegetal de enredadera,
sus hidrógenos de sales y mineral vetusto.
La llovizna silenciosa,
la niebla aterrada y el escalofrío,
un enigma que se forja
como copia de algún universo cercano.
La oscuridad me interpela.
Prometo no condescender a los caprichos
ni a las necesidades creadas.
Aquel cielo me otorga su amparo,
la inquietud constante de la alerta
y el despertar de los sentidos olvidados.
La tierra me muestra los entresijos de la vida,
la obstinación de la simiente
al encuentro de la luz del Sol.
Me instruye la montaña
en la supervivencia,
en el transitar plegado a los cantos del camino,
a las artes de antaño no escritas,
a las incomprensibles destrezas
que me convierten en eco de lo aprendido.
Ensayo la destreza sobre la albarda,
el arte de la carga de leña,
las voces antiguas que entiende el animal.
Por el giro minucioso de sus orejas
percibo presencias no esperadas,
acechos invisibles que se alejan.
Me rodea tanta diversidad
que me parece la soledad
una idea inventada por los mismos
que nos imponen un dios
que no han visto ni verán jamás.
El silencio del monte
es profuso en susurros.
El murmullo del viento
cuando sopla entre cornisas,
desliza por el aire lamentos aflautados,
a los que responden las águilas
con chillidos de autoridad en sus dominios.
Me inicia Eladio, el pastor,
a tirar la azada con desprecio
porque la tierra no entiende
de lenidades ni dulzuras:
si no sudas, no comes.
Con la liviana toba
horadada por milenios de lluvia,
y argamasa de barro blanco,
hago mi primer horno
para cocer el pan y sus misterios.
El conjuro de la harina con el agua,
el triunfo del calor sobre la blanda materia,
la alquimia primigenia,
regalo de los dioses, sin duda.
Es la roca, la de entonces,
esculpida por la sempiterna lluvia,
mi morada, mi escuela, mi alimento.
Siguen susurrando los esbeltos chopos
con la brisa de la mañana
ajenos al paso del tiempo,
recordando, sin cuestionarlo,
que nuestras pisadas dejaron indicios.
La marcha de las bestias
tiradas por sombras anónimas
que añoran atajos y collados.
Indulgentes, aferradas,
obstinadas, tal vez,
por redimir la memoria que siempre usaron.
Quedan las silenciosas ruinas
porque la piedra vive más que el hombre.
Fantasean por intimar con sus secretos.
Las piedras gritarán llegado el prodigio.
Cuando se cierra la noche sin luna,
el tiempo parece ausente, desterrado.
Ningún susurro ni aleteo.
Ningún crujido de rama seca.
Nada late ni jadea en el oscuro silencio.
Todo parece empequeñecido,
cuando es convocado por el Cielo.
Un océano infinito de estrellas
se adueña de la oscuridad.
Todo parece aguzar el velado sentido
para desentrañar los designios.
¿Libre albedrío o destino?
Los que siempre miran al suelo responden
que así es la vida en este mundo,
que el universo es igual en todas partes:
nacimiento, dolor y muerte.

Delante de la chimenea.

Emerge la enésima ensoñación
sitiada por la noche.
La nebulosa de oscuridad circundante
irradiada por la luz del fuego
difumina los muros
y las vigas de madera.
La estancia parece pulcra, agraciada,
invisible el polvo acumulado,
intangible la cal deshojada.
Las sombras danzan a mi espalda.
Me giro inesperadamente
para sorprender su coreografía.
Se mueven en otra dimensión
y no comparten sus secretos.
El fuego me ampara como una madre
y la soledad del momento
es como una envoltura mística.
Lamen las lenguas de la candela
los despojos del bosque,
de los fresnos recios y generosos
junto al arroyo, ramón abatido
por hacha de pastores
para verdeo de reses,
que al poco es madera seca
presta al sacrificio.
Los astiles más cabales,
se transforman luego
en mangos para herramientas.
Siento que entiendo la madera
y ésta se muestra dúctil en mis manos.
La reflexión bosteza.
Mengua el crepitar de la madera consumida.
Las ascuas inflaman la tez.
La visión fascinadora del rescoldo
me acerca inexorablemente
a la bóveda onírica de la noche.
Y me abandono al sueño.
Mañana será el enésimo sábado.
Visitar a Ian Dumbar.
Su pequeña Escocia.

La Ruina.

Bajo el nogal,
una rodaja enorme de pino negral, gruesa,
semejante al origen de la rueda,
oriunda de un corta de pinos viejos...
Sobre aquella mesa medieval
son incontables los brindis
al cobijo del decano nogal.
E incontables son
tertulias y parlamentos.
Vislumbramos que las gentes
de aquel diseminado de montaña,
lo ocuparon hace doscientos años,
colonos por encargo de la corona
a cambio de repoblar.
Un diseminado con relatos oscuros,
envidias enquistadas y artes oscuras
para emponzoñar al vecino atravesado.
Le cuento historias oídas del pastor
bajo la sombra de mi nogal,
liando tabaco verde de la petaca de Eladio.
La noche se va cerrando y nos envuelve.
Florecen entonces
avezadas disquisiciones del intelecto
que explora lo inasible,
cuestiones con respuestas siempre postergadas
para el siguiente encuentro,
el anhelado brindis bajo las estrellas.
¿Accidente o destino?
Y entonces se desatan
las más sesudas digresiones
haciéndonos parecer griegos arcaicos
queriendo descifrar el mundo.
Los Hidrógenos de Ouspensky,
grumos insustanciales que huyen de la razón,
que aún hoy, se resisten a ser aprehendidos
por la maraña neuronal.
Entre discursos y bromas agnósticas,
Ian me alecciona acerca de los caldos
de la uva tinta y sus rangos,
que arrebata a su humilde bodega
mientras las constelaciones
cambian de ubicación.
Después de tantos años, le recuerdo.
Busco su nombre en Internet.
Sólo hay una reseña:
Ian Dumbar se marchó para siempre.
Un brindis por ti, sea cual sea
el Hidrógeno en el que te encuentres.

Sendero nocturno.

Con los efluvios y las revelaciones aplazadas,
dejo atrás La Ruina.
Camino sendero abajo,
valiéndome de las sombras que conozco,
el perfil de las rocas y los árboles.
Alguna vez me pierdo.
Con la niebla aterrada,
es como transcurrir por un sueño tenebroso.
Me amparan el instinto de orientación,
las piedras que reconozco en los recodos.
El silencio, oscuro y antiguo.
El silencio de la montaña,
ajeno a las estridencias urbanas.
Los vestigios de zorros o jabalíes,
crujidos inquietantes en la maleza
que atribuyo a una huida por mi presencia.
Nunca siento el temor de un acecho.
El zureo nocturno de las torcaces,
el ulular de las lechuzas
o el reclamo del mirlo
trasnochando en primavera.
Sonidos que imagino
huidos a la ciudad,
migrados desde estos montes
a los árboles cercanos de los arrabales.
Cuando avisto el nogal centenario de mi casa,
me sé a salvo de los murmullos nocturnos
de la montaña.

Trinidad y Domingo.

Pastores de lo ajeno, guardeses de tierras
y hortalizas del amo con casa en la campiña,
que acude sin aviso a otear sus beneficios.
Dueños de nada, tienen lo imprescindible:
La inocencia primitiva.
La risa limpia de los desheredados
que se saben libres de esa carga.
Una virtud indescifrable de contar,
de narrar historias imposibles
sin finales con perdices y el misterio último
que jamás desvelan, tal vez,
por temor a los guardianes del manantial
de donde ellos beben.
O quizá, por una infantil felicidad
de sentirse poseedores de secretos
que nadie más conoce: los elegidos
por la insondable deidad de la montaña.
Dos seres imposibles de concebir por separado.
Juntos en la madrugada,
cuando se abren rediles y tinadas.
Juntos en el ocaso,
contando las ovejas del amo,
también las suyas, las escasas,
la esperanza de rebaño que jamás será.
Siempre juntos.
Soledad compartida hasta el último aliento,
un refugio bajo el cielo protegido de desahucios,
dueños indisolubles de sus vidas despojadas.
Encontrarse solo con uno de ellos,
genera inquietud y la pregunta inevitable.
El uno sin el otro,
es como hacer pan sin harina.
Junto al fuego, donde se cuecen lentamente
las judías tiernas de su cena,
me ofrecen la bota desgastada
con vino manchego, cervantino,
mejorado por la añosa pez de su entraña.
Tras varias rondas,
cuando el brillo aflora en la mirada,
se acomodan en la anea
y lían un cigarrillo de tabaco verde,
ofreciéndome la petaca.
Tabaco que cultivan en rodal secreto
ajeno a las leyes arcaicas del monopolio.
En ocasiones me preguntan
con la estrella de la curiosidad en los ojos:
¿Por qué dejas la ciudad y vienes aquí?
Aquí sólo hay penar y malicia de pastores.
Se mofan de nuestras personas,
se ríen de ti, por nuestra juntera, y se burlan
de cómo plantas los ajos en el baldío.
Que jamás darán fruto esos árboles
que has puesto en la tierra. Desgraciados.
La cueva de los enigmas.
Otro trago a la bota, otro círculo cerrado,
y retoman el relato
justo allí donde sucede el evento:
Un cordero extraviado.
Una pastorcilla en pos de su rescate.
Ambos engullidos por siempre jamás
por la ‘Cueva de la Encantá’.
Demando saber más, pero ellos ríen como niños.
Anhelo saber llegar allí; se tornan reservados:
nadie debe acercarse, nadie jamás debe entrar.
Con la niebla aterrada es crucial
dar un gran rodeo para no ser atraído.
Está en el ‘Collao del Roble’,
oculta a la vista entre los pliegues del monte,
camuflada entre arbustos y chaparros.
Por donde está el cementerio deshabitado
cercado con muros de piedra seca.
¿Será verdad? La pista es ambigua.
Me hacen esa generosa concesión,
cortesía de la casa, de su casa.
Pero que no lo busque,
es un sitio que no se deja encontrar.
Y siguen riendo con travesura de gnomos.
A modo de clausura,
como quien mueve el dial,
mencionan otra cueva singular,
más lejos, más ilocalizable.
No pregunto.
Es la ‘Cueva del Pedernal’
donde hay una gran losa esculpida
a modo de mesa,
y esculpidas son también las sillas,
los platos, lo vasos y las vasijas.
Una fascinación irresistible y embaucadora
para quien osa penetrar en su penumbra.
Sólo nombrarla les eriza el vello
e inician una nueva ronda de vino
para apaciguar la arcana aprensión.
La juventud de la noche, su euforia,
resuelven arribar a la Cueva del Agua.
Manantial propio, fresco,
líquido con quilates irrefutables
vertido en una pileta natural
horadada por el tiempo y el ingenio,
donde vecinos anónimos de antaño
hallaron reliquias de moriscos,
dejadas atrás por el católico desahucio real,
por si llega un mañana de esplendor y de retorno.
Vasijas con monedas,
broche de oro y piedras de colores,
arqueología pastoril que también halló
sarcófago ibero de plomo,
para regocijo de coloquio junto al fuego.
Concluye la exposición.
Se cierra la noche.
Regreso al sendero ceniciento
bañado por la luna e imagino que,
un día de estos, recolectando piñas
para calentar el horno,
sentiré la punzada de pavor
al hallarme ante la entrada de la cueva.
La otra voz, la que usa la razón
para susurrarme que sólo es un cuento,
me devuelve al suelo antiguo
y me emplaza a llegar cuanto antes
al cobijo protector y a la candela.

Venta de Niceto.

A poca distancia de donde habito,
hay una casa con parra sobre la entrada.
Geranios, rosas y caléndulas,
manzanilla y hierbabuena,
en barreños viejos, latas oxidadas
y recipientes de otro mundo.
El exiguo jardín de La Rufina.
La única cosa que venera
y atiende con primor.
A Niceto se la juró de por vida
una noche aciaga en que supo
que la herencia paterna
se la jugó en trasnochada
de vinos y celada de naipes.
Cosario de oficio,
mercader de quincalla, botijos
y otras fruslerías,
recorría la comarca con su mula
satisfaciendo encargos.
Fue Niceto al pueblo con los dineros
a mercar nueva casa.
Quedó con el alma y el fondillo vacíos.
Disipada la dignidad se jugó a su mujer,
también en eso perdió.
Un individuo visitó a La Rufina
exigiendo cobrar la deuda.
Tuvo que correr como jineta acorralada.
Regresó Niceto arrastrando vergüenzas
y cobardía.
Negra noche sin luna.
Cuchillo en alto tras la puerta.
Fue la oscuridad la herida sin sangre,
pero en el éter quedó suspendida
toda la ferocidad vaciada
por el alma de la mujer, ya convertida
en desprecio y amargor infinitos.
Desde ese preciso instante,
como juramento hecho al Cielo,
alimenta el encono hacia toda criatura
que ostenta el género masculino.
Han serenado los años la saña y el dolor.
Junto a la casa,
en un exiguo rincón de carpintería,
se refugia Niceto haciendo sillas de chopo,
con asientos de pita teñida con anilina.
Vendidas en la venta
junto a un menguado surtido de víveres
y botellines frescos.
En horas de sesteo,
pastores juegan al tute con Niceto.
La Rufina los vigila con desprecio.
No sabe que cada botellín sobre la mesa
tiene un valor añadido y concertado.
Rufina y Niceto son casi ancianos.
La vida en la montaña
les confiere la traza de vida indemne.
Pronto se irán con los hijos,
lejos, a la ciudad del humo y el estruendo.
No les recogerá la parca.
El fin de la última página
lo escribirá la pena negra con tinta amarga.
Atrás y abandonadas quedaron flores,
huerta y muros de piedra silenciosa.
A pocos pasos de la casa hay un árbol
que fructifica cuando acaba el verano.
Racimos de bayas negras que nadie recoge.
Ahora sé que es un saúco
y hago exquisita mermelada.
Ahora también sé que en el septentrión
se le tiene por árbol sagrado.
¿Lo sabría La Rufina,
guardiana de las plantas?
¿Cómo llegó ahí esa especie
de tan lejanas latitudes?
Quiero pensar
que la Dama del Saúco,
en su magnanimidad,
haya inspirado paz y clemencia
en sus cansados corazones.

Ellos (Amigos ilustres)

Ya no recuerdo por dónde levanta el Sol.
Ligeramente al Norte, tal vez, en breve trecho,
hay otra casa, restaurada e inexpugnable,
refugio para días arrebatados
a la ciudad y a la rutina.
Acogedora estancia y compañía.
Una cena navideña con brindis y lágrimas.
Porque Ellos
son padres huérfanos de hijos
que partieron en su flor.
Él derrama,
como un embalse desbordado,
las lágrimas tanto tiempo defendidas.
No sufrir, no añorar, no sucumbir
a la idea de que los logros de su Arte
sean fruta agria que no alimenta.
Como Artista de lo antiguo y de lo urbano,
arremete contra los destructores
de la acuarela urbana,
que, teniéndose por modernos,
se inhiben de la restauración,
siembran la ciudad de atrocidades,
con turbia estela de intereses
ajenos al Arte de hombres y mujeres
que prodigan vidas al fervor de la villa.
De estación a estación,
recorre el Parque dibujando
los restos de la olvidada arquitectura,
ruinas de voces apagadas,
de espíritus entumecidos que el Artista
se aventura a descifrar
entre delicadas líneas de esbozos.
Lo oculto, lo inasible.
Caserías de piedra y cal
forjadas por manos ásperas
insuflando virtud en el fuego y en el barro.
Caserías del olivar erigidas para el trabajo,
los aperos, el fruto y la simiente.
Para el frescor del descanso,
mientras fuera, en el secarral,
las chicharras anestesian los sentidos.
El breve, pero merecido sesteo,
es el ungüento que alivia
ardores y tenacidades.
Caserías de montaña,
moradas de piedras desgajadas del entorno.
Árboles espigados para ser
vigas de techumbre y humilde tablazón.
Arcilla roja, ancestral, modelada al fuego,
para resguardo de inclemencias.
La soledad y el abandono.
El Artista lo esculpe en sus bosquejos,
tentación para fraguar la crónica
de lo que pudo ser.
Pero el Artista sabe
que en cada piedra que dibuja
infinitos universos se involucran,
no para mermar el Conocimiento,
sino para ensimismar el alma con los Prodigios.
El Artista es arquitecto.
Conoce la paciente carga
que soporta cada esquirla,
antigua o reciente,
extraída de la veta más venerable.
La piedra es más antigua que el hombre.
Pero el Artista las somete
y construye catedrales.
Las dibuja en su decadencia
pero no ve ruinas,
sino el retorno a su estado primigenio,
esperando, tal vez,
a reencarnarse en puentes o fortalezas.
La piedra, la roca, la montaña,
convención de átomos
a los que ponemos etiquetas.
Fragmentos de estrellas enfriadas
después de la explosión
que portan consigo el multiverso,
los cuantos enamorados,
soñadores con el anhelo, quizá,
de erigirse en mazmorra
o en biblioteca nacional.
El Arquitecto no pregunta a la piedra
qué quiere ser: la toma, la moldea,
como escultor que transfigura
la roca inquebrantable
en asombrosa hazaña de belleza.

Desde la cumbre

donde destejo la memoria,
no reconozco arboleda ni caminos,
tampoco las caserías con piscina,
el blanco perturbador, tejas de estreno,
los cercados de alambre.
Tampoco están los nogales centenarios
sacrificados a la industria infame
que aparenta nobleza en moblajes falsos.
La montaña entonces,
como madre absoluta del mundo,
agita sus sombras y sus vientos,
los que otorgan al Artista
la mirada primigenia,
la voluntad inquebrantable.
Por siempre jamás.