Desde el estruendo de la turba,
sólo las palabras necesarias
para no distraer
a las ensimismadas musarañas
que desvalijan los alientos
desde el escaparate.
No soy el yunque del rojo de la fragua.
No soy el aire del fuelle extenuado.
Ni la chispa del martillo enfurecido.
No busques en esta canción
alguna pista de mi alma.
Sentada está en un banco,
orientado al Sur,
obstinada en descifrar
la arcana cobardía de las gaviotas,
y el oleaje,
sumiso a los anhelos de la luna.