Ya mira cómo relinchan
sus cinco caballos negros,
con hambre de siete vidas,
con prisas de siete vientos.
Por el camino se vienen
con ciclones cenicientos,
con resonancias veladas,
y bosquejos de otro tiempo.
Con el hueso incinerado
por el astro del olvido,
disminuidas son sus voces
por el yunque y el martillo.
Demandan clarividencia
para el tiempo y las edades,
por esas anchas veredas
que el hado guarda delante.
Ya mira cómo cabalgan
sus cinco alazanes negros
al mástil de su guitarra
por las colinas del sueño.