Camino recorrido

Miguel Segura Martín

Miguel Segura

Certamen de Poesía Andaluza de las Alpujarras 2024

Mi primera escuela

Una casa antigua con pupitres,
al final de la escalera;
una casa de bullicios
en los Callejones del Perchel
con apariencia de museo pudoroso,
donde los pupitres de madera
con arañazos, manchas de tinta
y serpenteos de carcoma,
parecían obras cubistas indescifrables.
Tenían un enorme ojo de cristal
incrustado en la madera, de negro brillante,
donde mojábamos el plumín
con el consiguiente goterón de tinta
que caía, inevitable,
sobre la libreta o el artístico tablero.
Una auténtica prueba
para los neófitos que se iniciaban
en el dibujo de las letras.
Doña Paquita, que desde hace mucho
debe transitar por los senderos
de las estrellas y los planetas,
tuvo la osadía de crear un parvulario
en un barrio ignorado
donde sólo había tabernas.

Mi calle, mi barrio

Constancia.
Fue en esa calle
donde se estrenó mi vida.
De los Percheles, el barrio,
de pobreza envejecida.
La fábrica de hielo blanco
y una gran carpintería
eran límite y frontera
de mi azul chiquillería.
Cuando unas callosas manos
espadas a mí me hacían;
dos tablillas bien cruzadas
de un martillazo ceñían,
de guerrero era mi juego,
la libertad defendía,
con triciclo galopante
por mi calle, protegida,
de posibles atropellos,
con galopada aguerrida.
Batea con un caballo
el silencio interrumpía,
a cargar hielo en lingotes,
calmosa y desentendida.
Dispuestas las frías barras
y con lonas protegidas,
con manso trote el equino,
flanqueaba las esquinas.
Humedad de cochinillas,
moho de jabón lagarto,
imágenes fantasmales
que cubrían el desconchado
donde no averigua el sol
por dónde asomar un rato.
Un lebrillo comunal,
grifo de bronce y verdín,
donde lavan las mujeres
en un sempiterno charco
salpicado de miserias,
de sudores incrustados,
mientras tararean zambras
de futuros sepultados.
Y corren así los días
con transmutación en años
sin que los rayos del sol
sequen este soterraño.
De niño me estremecía
al cruzar este aledaño
y se quedó en mi memoria
la sombra del desengaño.
Constancia, nombro a mi calle,
no hay nombre más apropiado.
El verano sofocante
saca en la noche a la acera
a hombres, mujeres y niños,
con sus sillitas de anea.
Templadas conversaciones,
imperturbable asamblea,
mientras, la chiquillería,
por la calle serpentea
jugando a pillarse algunos,
otros, solos, fantasean
que son valientes y osados,
y su arrojo paladean.
Lances vistos en el cine
con tortilla y odisea,
cine a cielo descubierto
con jazmín que zarandea
la brisa de media noche
cuando el terral chacotea
en los portales cerrados
sin que nadie lo entrevea.
Mañana será otro día
sofocante, y sin nevera,
anhelando ya la noche
que es su divisa fresquera.

Callejones de tabernas,
desheredados sedientos,
defraudados de voz bronca,
se arrancaban ya por tientos,
ya por tristes bulerías,
rogativas de tres versos.
Cuando el día ya se acaba,
y en la noche, muy despiertos,
no acudan las pesadillas;
faenar para el sustento,
navegar en la mar fría
ocultando su lamento
con el último resquicio,
su porfía en el tormento;
en las redes plateadas,
insuficiente alimento.
Madrugada y frustración,
a la tarde, vuelta al templo,
reducto en los callejones,
redomas de salvamento,
los versos ya desgarrados,
soleá y remordimiento.
Callejones de El Perchel,
se cumplía en otro tiempo.
Personajes de otras horas
que en la memoria resguardo,
los que hacían embutidos
o en su casa los helados
para rodar por las calles
y ganar los pocos chavos.
Tranviario, Morcillera,
Posadero y otros tantos
que obsequiaban a los niños
cuando en la calle, jugando,
nuestras madres no miraban.
Bocados de contrabando
deliciosos, suculentos,
que nunca fueron hartazgo;
llegábamos siempre prestos
al almuerzo convocados,
que nuestra hambre pequeñita
ya era el hambre del pasado,
fideos con boquerones
y un pedazo de pan blando,
pregonados de mañana;
pescador con sus cenachos,
con su carro el tahonero,
sus voces reverberando.

Cerca el día de San Juan,
talentos adolescentes
me pidieron los tebeos,
que, estando convaleciente,
miraba con regocijo.
Era un proyecto valiente:
doña Urraca y Caramillo.
Cabalgando en un cohete
doña Urraca bajo el cielo
volando hasta el inocente
y tímido Caramillo
sentado en luna menguante
asustado y compungido.
Con pintura llameante,
hecho todo con cartones,
maderillas y bramantes,
los colgaron en la calle
a la espera del instante.
Se quedaron mis tebeos
pero no albergué reproche.
Todos en la calle juntos
en cuanto dieron las doce,
vimos arder nuestro ‘júa’.
Noche de fuegos y goce.
Entre límites jugaba,
era calle con fronteras,
el hielo en una punta,
madera en la otra acera.
Sobre el refulgente suelo
mi caballito piafa
y celebrando victorias
al cielo apunto la espada.

A Madrid, con la misma infancia

Pertrechado de niñez, también
del eterno pantalón corto,
nos dejaron con mis tías
de Carabanchel Alto.
Mi hermana, chiquita y risueña;
yo, diablillo inesperado y contestón.
Nos mostraron una ciudad
abundante en ruinas
con calles intransitables,
pero no hablaban de la guerra,
salvo para mencionar el hambre
cuando hacíamos mohines
ante el plato de lentejas.
Avatares de la maldad humana
que a muchos
les amargó la existencia.
También nos mostraron
el lado amable:
fastuosa arquitectura,
jardines interminables
con estanque y barcas sin oleajes.
Sonaban en la radio
las zambras, los pasodobles
o el tango milonga
Vino amargo, de Rafael Farina.
Pero fue otra música la que se coló
dentro del alma,
mostrándome la senda
al universo de sonidos
infinitos, que a la par,
aliviaban el dolor en las pantorrillas
que las monjas del colegio me infligían
con la caña del escobón
por mis travesuras.
Otro gran descubrimiento fueron los tebeos;
mi iniciación lectora.
A cambio de no protestar
por las largas caminatas,
se me otorgaba el premio de la lectura;
el fascinante y seductor
aroma de la tinta sobre el papel
recién salido de la imprenta.
Aventuras legendarias que después
recreábamos en el juego de la calle.
Lo que más me entristecía del tebeo,
una y otra vez, me acechaba
al final de la última página,
cuando aparecía la palabra “continuará”.
En la calle éramos policías o ladrones;
indios o vaqueros, y había otros
que mataban pájaros con su tirachinas.
Nuestra afición golosa eran pipas y regaliz,
no había otra cosa.
En la tarde, a la voz de ¡merienda!,
desde los portales,
el juego se detenía como frenada en seco,
por el hoyo de pan con aceite,
por la onza de chocolate
duro, duro, duro.

Niño y extranjero

Había un bosque en penumbra,
con un cervatillo muerto.
Un nido con huevos azules
protegido por rubios compañeros.
Trepé, negligente, toqué...
Trepé, insuficiente, y caí...
Pero el lecho era blando.
Era lecho de bosque oscuro.
Bosque de misterios.
Bosque de niños,
sólo consentido
tras la recogida de grosellas
y frambuesas.
Un día, movido por el valor
y la desobediencia,
encontré la frontera de ese bosque,
de ese inmenso bosque en penumbra.
Y el universo
se me hizo más pequeño.
No entendía mi desconcierto
con el ‘guten Morgen’ que se me exigía,
el buenos días
de aquellos fríos amaneceres,
camino de la escuela.
En aquellas calles empedradas.
Medievales.
Desiertas.
Sólo escolares
y rústicos ancianos.
Arcaicas deidades germanas,
engreídas y frustradas,
exigiéndole tributo al extranjero.
A mi amigo Luisito, el gallego,
le fue peor.
Le patearon dos querubines,
disminuidos y teutones,
ante mis ojos atónitos
y mi rabia aún sin estrenar.
Era el año
mil novecientos sesenta y tres.
En Erlensee.
Suena la sirena.
Todos en fila.
Entramos en el edificio
con la disciplina aprendida.
¡De repente!
un brote de alegría,
visceral y libre
me eleva escalera arriba
con la emoción prendida
y la carcajada.
En el rellano,
el ‘Herr Direktor’.
Con las manos cruzadas en la espalda.
Con la mueca infame del dictador.
Con la falsa amabilidad del verdugo.
Y cuando ya creía pasada la tormenta,
una mano enorme y emponzoñada
se ensañó con mi mejilla
de nueve años.
Todavía conservo ese dolor
junto al brillo enfermizo de sus ojos,
y el odio racial de sus dientes blancos.

En el recuerdo, en otras tierras

Un campanario distante,
el aroma silvestre de las agujas verdes,
el vuelo rasante del cernícalo,
el agua límpida y despreocupada.
Estoy a los pies de la montaña,
donde la tierra cambia de nombre
y se orilla el mar del olivar,
depositario del sudor y la fatiga;
mudo testigo de la amargura, el desdén,
codicia sin callos en las manos,
dolor irreversible, sanguino,
antiguo como el mundo.
Hubo un hombre curtido
por la intemperie y la tristeza,
despojado de apellido y de pasado.
Sentado ante la lumbre,
hundiendo la cuchara en la sartén de migas
sobre la triste trébede, me habló
de la virtud de curar la ‘carne cortá’.
Y que en aquellos años
del hambre y del miedo,
el juez de ese vecindario
se cobraba los castigos, las deudas
y los desahucios con fanegas de olivos,
minifundios de hambruna
que engrosaban las lindes de su feudo.
Lucas.
Los huesos endurecidos
como madera de encina.
La piel de pergamino antiguo,
la mirada que siempre busca la verdad.
Me enseñó la rebusca de la oliva,
el merecido jornal, limpio y austero,
el aceite nuevo, oloroso, virgen.
Sin brújula, en el infinito olivar,
siempre encontraba el camino de regreso,
la salida del laberinto,
sin ayuda de hilo alguno;
con el instinto telúrico de la paloma.
Y, en esa misma tierra
descubrí, decepcionado,
que la altivez aceitunera
de la que habla el Poeta,
se había transformado en zancadillas
al forastero que se gana el pan
con el esfuerzo de sus brazos,
el ahínco de estar a la altura
del arresto que se le exige
para cumplir la cuota recolectora.
Nos escondían las varas
que, confiados, dejábamos en el tajo
para el día siguiente,
para el nuevo amanecer frío
y esperanzado en la suma del jornal.
Ocultos la rabia y el desaliento,
se completó la senda,
hasta el último olivo.
Que, como ya se sabe:
“Se hace camino al andar...”
Ahora, echando la vista atrás,
recupero los versos aceituneros
de Miguel Hernández
y reconozco el orgullo en su poema,
el mío y el de todos cuantos,
sobre la escarcha de la amanecida,
anhelábamos el sol,
tanto o más,
que el jornal sin duda merecido.
Pero no acaba aquí el camino;
se hace largo de contar.
Las sendas que siguen,
que no se detienen, que se bifurcan,
que se alargan y se borran,
“como estelas en la mar”:
Son palabras del Poeta.
Palabras de la verdad.