Bostezo de Equinoccio

Miguel Segura Martín

Zalema crepuscular
en las dunas y en el bosque,
arenal que une la mar con la espesura,
donde transcurre el tiempo a ritmo de bálsamo.
De un lado, el oleaje, al fondo del oído.
Del otro lado, las fragancias de la floresta.
En el camino, sin presagios ni peregrinos,
sucede el amoroso parlamento de mirlos
en su festival de primavera.
Frota la brisa marina las cuerdas de su laúd.
Tintinea la llovizna sobre las hojas nuevas,
y tamborilean las gotas sobre el musgo.
Serpentean arroyuelos inesperados entre las piedras
que parecen el principio del mundo.
Los seres invisibles guardan recogido silencio.
Sólo a los caminantes avisados
se les permite transitar la senda.
Lejos, donde las olas todavía no son,
gente de la mar contempla la rivera.
Aguzan el oído y el corazón.
Añoran la firmeza del suelo,
el aire sin salitre, los recodos del camino,
la fruta montaraz y fresca.
Continuará la fiesta en la noche
con los haces del plenilunio iluminando la fronda.
No hay sombra ni penumbra
que oculten lo siniestro,
sino refugios para el encuentro
y amparo para los seres discretos.
La noche transcurre
con la mullida alegría de los susurros.
Queda en la lejana luminiscencia del horizonte
la turba reivindicadora de efímeras libertades.
Soledad comunitaria
que niega el pan y la sal a los verdugos,
pero empaña la mirada de los compasivos
y dejan abiertas las ventanas
a las visitas de las hadas.
El tiempo,
hacedor de vida en su presente insobornable,
da cuerda al festejo con sus resortes.
Bostezos de primavera
que enviarán a los mirlos del bosque
a entonar sus cantos de optimismo
en los árboles cercanos a las moradas.
Empuja la savia hacia las cumbres verdes
y ensancha las veredas
para los necesitados del aire,
para los buscadores de la sombra fresca,
para los que siguen a las hadas
que los visitaron en sus sueños
hacia las dunas que lamen las olas,
hasta el bosque vivo y acogedor.