Hubo un bosque en penumbra,
con un cervatillo muerto.
Un nido con huevos azules
protegido por mis rubios compañeros.
Trepé, negligente, los toqué...
Trepé, insuficiente, y caí...
Pero el lecho era blando.
Era lecho de bosque oscuro.
Bosque de misterios.
Bosque de niños,
sólo consentido
tras la recogida de grosellas
y frambuesas.
Un día, movido por el valor
y la desobediencia,
encontré la frontera de ese bosque,
de ese inmenso bosque en penumbra.
Y el universo
se me hizo más pequeño.