Ancianos.
Los que ensancharon caminos
que antes fueron veredas,
creando rutas a los inciertos futuros.
Valor y coraje.
Los que preñaron la tierra de raíces
que ahora son bosques que someten
a la arena estéril e invasora.
Con sus manos erigieron
ciudades y cementerios.
Aquellas,
para vivir con los suyos y con todos.
Los otros,
para el reposo innegociable;
mejor frente a la mar,
el gran vestíbulo hacia el infinito.
Ancianas.
Abrieron a la vida todas las puertas
porque llegaba colmada de promesas,
porque avivaba brisas que portaban
fragancias y elixires de tiempos olvidados.
Ellas entendieron los secretos
en esos tiempos confinados
y cedieron su saber a las niñas de sus ojos,
predilectas criaturas, batalladoras insobornables.
Enseñaron la verdad
que la naturaleza oculta a los hombres
porque éstos miran más a la tierra que al Cielo.
Porque en el Cielo están los signos
que han de ser descifrados
para que la vida se ensanche.
Ancianos.
Consintieron consumir la vida
por la esperanza prometida,
por un paraíso hipotecado
antes de que germinara el mundo.
Ahora, que han de ser sostenidos
para que no los devore el olvido,
sueñan con el infinito
y se imaginan transformados
en aves migratorias.
Sentados al amparo de una sombra,
hacen recuento de errores y alegrías,
mientras una voz salida del éter,
le susurra canciones de la niñez..
¡Qué infame el mundo
que les arrincona!
Que dilapida el auxilio prometido,
inventando estadísticas, trechos de vida.
Ancianas.
Cuando olvidan las artes y filigranas
que nacieron de sus manos,
las confinan por su bien.
Desaprenden en los días contados
a pasar hebras de lana
por agujeros que no comprenden,
a dibujar escenas ajenas a sus sueños,
porque también ellas imaginan
que son aves de otro Cielo.
Ancianos nuestros. Ancianas de todos.
En algún momento,
cuando el mundo se solace
con ensoñaciones fosforescentes,
se silenciarán sus corazones cansados.
Transformados en albatros enamorados.
Volarán sobre la mar con la sal en la mirada,
el anhelo del origen,
como ángeles extraviados
que añoran su destino.
Ahora, cuando se les permite morir sin su permiso,
y las paredes son muros de mazmorra,
los plañideros de turno se sacuden la culpa.
Hijos de la necedad, sin moral,
que no los ancianos y ancianas
que engrandecieron la vida.
Y partirán sin demandar balances.
A nadie.