A pocos grados de Venus
laten suspiros de plata.
Te busqué
en los tallos verdes
sin espigas.
En el vaho atemporal
de los espejos.
En el beso sin nombre
de los sueños.
Te añoré
en las horas negras
de dolores minuciosos.
En las tardes mercuriales
del invierno.
En las sombras perfumadas
del estío.
Te soñé
acunado por las olas
en el centro anular
del horizonte,
terraza de dragones encendidos
tornándose acuarela
de oro líquido.
A pocos grados de Venus
un rayo cenital
prendió en mis ojos
la luna oriental
de tu sonrisa.
Con las pupilas de estrella
un Aguador componía
tu contorno
en umbrales de equinoccio.
Esta tibia melancolía
que más que inmovilizar
pone alas en mis actos.
Materniza mis manos
y me desnuda
haciendo caer
estratos obstinados
como caen los imperios.
¡Qué es esta locura blanca
que de repente me habita!
Y no sé
de otra opción.
Esta órbita recién estrenada
en torno a tu universo
es linfa nueva
como retoño de Aries.
Es pasión vehemente
de manos curtidas
en barbechos otoñales.
Savia destilada que acude,
amorosa,
a la llamada
de la primavera última,
definitiva,
que portas audaz
como estandarte de victorias.
Quiero sentir contigo
la solidez del suelo,
como recobra la tierra
el marino ausente
y abandonarnos al cielo,
como aquellos
que mueren vivos
y renacen en el amor.
Saliva muda,
amarga.
Estrado de silencios.
Espiral gris y turbulenta
que es intuición ingobernable.
Émbolo tenaz y visionario
de cordilleras frescas.
Surgidos de una estirpe de agua,
hemos anclado el verbo
en lo invisible.
Órbita dual
azul y malva.
Umbral de sueños.
Fulgor que se plasma.
En la penumbra ocre
de mi garganta
asciende la pleamar
de lo imposible.
En los tres almendros
de tu rostro
el impecable hemisferio
que me atañe.
En el suelo
duro y nuevo
de atardeceres índigo.
En la risa de tu vientre.
Despojando de las sienes
latidos de noche negra.
Nefasta hilaridad
que no nos concierne.
Déjame ser perenne
en el beso y la caricia.
Retornar
a tus destellos de caoba.
Deslizarme lento
al azabache acuoso de tus ojos.
Amanecer en tus mejillas.
Morir en tus labios.
Morir lentamente
en el oleaje de tus besos
y prolongarlo.
Náufrago aderezado
de sal y cielo.
Hasta que un impacto
de sol inesperado
me devuelva a mis orillas.
Manos encendidas.
Sauces retoñando
en este viento de mayo.
Solsticio de un futuro
que soñaste.
Déjame ser capaz,
el más audaz y atrevido,
el que más te quiera,
antes de que otras auroras
sorprendan
las noches de tu alma.
Y sobre todo
déjame amanecer
siempre contigo.
Me nacen las emociones
con pétalos de dolor azul
cuando te añoro.
Azul,
como la pluma que ciñes
en la cinta de pelo.
Azul,
como el latido que percute
al pie de tus poemas.
Como el cielo donde te asomas
buscándome el corazón.
Corazón que te siente azul.
Ternura que entrego azul.
¡Azul!
Es el sendero que a ti me lleva.
Es el futuro y es mi deseo.
Pero no es azul mi amor.
El amor que me habita y te busca
tiene el fulgor de las estrellas
y brilla con el color
que porta el sol en su corona.
Ruiseñores de fuego.
Testigos de besos al amanecer.
Reflexiones ladeadas de inocencia.
Tejedores de presagios orquestales.
Soledades en bandada
que nos cercan.
He visto
el corazón de la simiente
en tus abrazos,
una estrella que pernocta
en la seda de tu vientre.
Me contemplo desde el cénit
los retales de naufragio,
amándote sin testigos
en tu sueño desnudo.
Me duele tu dolor
en el vértigo lunar
de la materia.
Biznaga ensombrecida
de plomo pasajero.
Me duele el simún irreverente
que opaca
las dunas de tus ojos.
Y dueles tanto,
que me deshojo,
flor de lanzas,
en el manso meteoro
de tus sueños.
Cómo saber por tus suspiros
la dimensión de luz
que desintegras.
Cómo llegar al brote embrionario
de tus fuentes.
Cómo detener la sangre blanca
al filo de tu deleite.
Malva son tus labios
después de amarte,
cenacho de besos frescos.
Tromba ecuatorial tu cuerpo,
geografía húmeda que orado.
La libertad de tu abandono
me traspasa
la frontera de la carne,
llevándome al umbral del cielo
donde tú ya estás, amor.
Pasión arboleada.
Sombra y luz
de repentinas espumas.
Un sueño ajardinado
con destellos de poniente.
Estancia de suspiros
y fragancias.
Ausencias terrenales,
umbrales blancos.
Crisol de talantes
en la tensión del vientre,
en la humedad perfecta del instante.
Latidos desbocados
en las praderas del aire.
Y cuando parece lograda
la cumbre inasequible,
un nuevo abrazo nos eleva
como aves de la mañana.
Atardecer de susurros,
cielo azul de clarinete.
Estepa celeste y magnífica
aseada por los ángeles
y la tormenta.
Corazón vuelto
hacia el oriente.
Ánade abandonado a sotavento
en el umbral de la noche,
volando en pos
de un sueño que le atañe.
Meridiano manso y encendido.
Jazmín de bronce húmedo.
Pequeña flor,
pequeña flor de la Axarquía.
De tus dunas,
cristal de orillas,
se zafan aromas
de cielo húmedo.
Piélagos de clamor naciente.
Como soles nuevos
que estrenan cosmos.
Con la piel
cinco veces transformada
ruedo por tus vertientes
silencio abajo.
Hasta el plexo esencial
que te acontece.
Acorde riguroso.
Fusión licuada.
Es el plenilunio de tu vientre
redil seguro de mis besos.
Piedras grises sin allende.
Zafiros alcalinos sin garganta.
Muchedumbre con vocación de silencio.
Paraíso gastado en el futuro.
¡No vendemos nada!
Cambiamos una promesa mineral
por un peldaño celeste.
Una vocación insatisfecha
por una retina limpia.
Unas fanegas de dolor
por un sendero impecable.
Cuando el sol de octubre
sorprenda vuestra ausencia,
ella y yo compondremos
un aria de cristal azul.