Se me concede una senda
de música, de palabra,
clarividencia que me abra
del mito y de la leyenda
las ventanas del misterio
clausuradas al corazón,
pues parece su obsesión
silencio de cementerio.
Certezas fueron ayer;
hoy mandatos olvidados.
Con las mentiras, turbados,
adeptos al mal perder.
Hidrógenos sin jerarcas
en lo profundo del cielo,
que en su estallido primero
nada saben de las Parcas
que son humana invención,
dominación por el miedo,
perpetuo afán de deviedo
de la muy libre convicción.
Oscuridad que no quiero,
que sólo sombras habitan,
y con sus voces crepitan
sus intenciones de acero.
Ya en origen son olvidos.
Expiró la luminaria.
Esa luz hospitalaria
distanciadora de ruidos.
Mas nos viene una luz nueva
con su portento sonoro,
(que vislumbro y corroboro),
con la que el alma se eleva,
en su trayecto infinito,
materia oscura inaudible,
sostenedora, invisible
de este mundo circunscrito.
En el sueño de un Gigante
ondea la partitura
como una eterna obertura,
ora mansa, ora inquietante.
En su sueño, inasequibles,
transitan los avatares
con sus giros basculares,
vivencias inaprensibles.
Al otro dormir pasamos
cuando se descuelga el velo
inquiriendo con anhelo
los halos con que lidiamos.
Tal vez fuese en el nacer,
con los astros ubicados
a destiempo, rezagados:
manso sol de atardecer.
Que este gigante en su sueño
esparciera en sus afueras
aliento de primaveras
haciéndome ribereño
de un mar, que en su rebalaje,
se desvanece la historia
de la muerte vejatoria
sin memoria ni homenaje.
Que por eones se cuenta
del tiempo su recorrido
sin semblante conocido
cabalgando en la tormenta.
Que en este cosmos cambiante
no es nuevo el sol cada día.
El astro en su terquería,
en la galaxia, orbitante,
y en su aparecer, el velo,
nos devuelve al espejismo,
teatro de ilusionismo,
hacia un sueño paralelo.