[{"data":1,"prerenderedAt":14},["ShallowReactive",2],{"obra-una-historia-de-tren-relato":3},{"id":4,"tipo":5,"slug":6,"title":7,"authorId":8,"authorName":9,"excerpt":10,"readingTimeMinutes":11,"year":-1,"pdfUrl":-1,"imageUrl":-1,"editorialUrl":-1,"coleccion":12,"contenido":13},"ae5d1cdb-11ac-4756-8ad2-da94d253a2ce","relato","una-historia-de-tren","Una historia de tren","miguel-segura","Miguel Segura Martín","A medida que el taxi se acerca a la estación, crece en mí la excitación ante lo inminente del viaje. Muchos años atrás, en una ocasión en que tuve que tomar el Talgo hacia Málaga, caí en la cuenta de que no me subía a un tren desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto, que podría afirmar no reconocer la evolución de la locomotora de vapor a la diésel. Desde muy joven, el automóvil me llevaba a todas partes, no importaba cuán lejos estuviera el destino. Cuando se es joven, el desprecio al cansancio",12,"Relatos","A medida que el taxi se acerca a la estación, crece en mí la excitación ante lo inminente del viaje. Muchos años atrás, en una ocasión en que tuve que tomar el Talgo hacia Málaga, caí en la cuenta de que no me subía a un tren desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto, que podría afirmar no reconocer la evolución de la locomotora de vapor a la diésel. Desde muy joven, el automóvil me llevaba a todas partes, no importaba cuán lejos estuviera el destino. Cuando se es joven, el desprecio al cansancio y el sentimiento de libertad que creemos comprar junto con el coche, hacen que aquellos viajes de la niñez en tren se diluyan en la memoria.\n\nAhora, llevados en taxi hacia la estación María Zambrano, surgen las imágenes que creía haber olvidado para siempre, y con ellas, las diáfanas ensoñaciones de la niñez:\n\nLa emoción contenida al subir los peldaños enrejados para subir al vagón, bruñidos por las incontables pisadas; la búsqueda nerviosa por parte de mis padres del ticket de la reserva, pinzado sobre el espaldar del asiento, y la siempre decepcionante sorpresa de que el lado de la ventanilla ya estaba ocupado por otros viajeros; algarabía nerviosa con trasiego de bolsas y maletas tristes buscando su acomodo.\n\nTren Expreso de Málaga a Madrid. Había que madrugar. La locomotora silbaba anunciando la salida a las ocho de la mañana y el andén quedaba encerrado en el denso vapor.\n\nLas emociones estaban servidas, cada cual la suya; cada cual con la particular manera de encarar el largo viaje. Si la memoria no me falla, la entrada en Atocha se producía en torno a las ocho de la tarde. No recuerdo cuántas paradas hacía el Expreso en su recorrido (algunas por imperativo técnico), pero en algunas se nos permitía a los viajeros bajar, estirar las piernas y comprar alguna que otra cosa de las que algunos vendedores ambulantes ofrecían en esos apeaderos que no alcanzaban la categoría de estación.\n\nCreo que, en realidad, no me preocupaba demasiado que los asientos de ventanilla estuviesen ya ocupados. Quedaban las ventanillas del pasillo que, una vez salía el convoy de la estación y se adentraba en los extensos campos, yo bajaba tirando de la correa de cuero que la deslizaba hacia abajo, dejándome impregnar por el aire fresco del exterior y el siempre excitante hollín de la locomotora.\n\nComenzaba el viaje blanco y limpio y llegaba con aspecto ‘mestizo’ a nuestro destino, no sólo por el humo, sino por aquellos intercambios de narraciones, de tortilla de patatas y embutidos, y alguna que otra golosina que los niños acogíamos con verdadero deleite, aunque nuestros padres siempre nos dijeran que no los aceptáramos. Aquello servía en realidad para romper hielos entre personas desconocidas e iniciar conversaciones que al principio tenían carácter de intrascendentes.\n\nSi ahora fuera capaz de rescatar la totalidad de mis recuerdos, podría reconstruir la vida, con todos sus pormenores, de algunos de aquellos viajeros que hablaban de su existencia sin el más mínimo pudor. ¡Duraban tanto aquellas travesías...!\n\nCuando el tren iniciaba su entrada en la estación de Atocha, todos se ponían en pie, entumecidos los costados y las vértebras por los asientos de madera del Expreso, dando gracias a Dios por haber llegado. Entre mis recuerdos no está el que alguien agradeciera la pericia y el buen hacer del maquinista; eso no forma parte de mis infantiles recuerdos.\n\nDe Málaga a Madrid. Varias veces. Esta es mi experiencia ferroviaria sucedida en la niñez. Cuando mis padres anunciaban el viaje, se desataba la expectación, y ahora resulta imposible recuperar cuanto sucedió en la imaginación del niño de siete años que yo fui.\n\nY había mucha más emoción en la partida que en el regreso. De esos regresos apenas conservo recuerdos. Sólo uno, cuando dejábamos atrás Bobadilla (estación de transbordos):\n\n“¡Niño, espabila, que ya estamos en Málaga!”\n\nComo si me despertaran con un pescozón. Y había que lavarse las manos y la cara.\n\nTambién recuerdo la emoción de las esperas en la estación. Ver asomar en la distancia el foco de luz bajo el humo, incluso antes de contemplar la silueta de la locomotora, “criatura” extraordinaria que siempre me fascinaba.\n\nÍbamos a recibir a mis tías de Madrid, y siempre me he preguntado por qué las personas que esperas casi siempre son las últimas en bajar del vagón, mientras las demás van surgiendo de entre el vapor que exhala, exhausta, la locomotora. Verlas surgir de entre esa nube, alegraba mi alma infantil.\n\nEstas son imágenes a las que el cine ha recurrido —y aún lo hace— con las que simbolizan encuentros y despedidas, en un andén ferroviario donde las vías se pierden en el horizonte, a partir del cual, las emociones se liberan con consecuencias desconocidas; en cuanto desaparece el convoy de la mirada. Las despedidas siempre tienen algo de pérdida, aunque sepamos que son temporales; y los reencuentros desatan emociones que son como pruebas de vida. Tal vez me equivoque, pero no creo que en un aeropuerto se superen estas vivencias. Tampoco viendo zarpar el buque que se lleva al ser querido. El escenario de una estación de ferrocarril y la característica fragancia que ahí se respira se me antoja perteneciente a otra dimensión. No hay nada parecido. Hasta Einstein utilizó la observación del paso de un tren para ilustrar e intentar hacer entender su Relatividad General.\n\nEn este último viaje en AVE a Madrid, que tomamos en la estación María Zambrano —hacia donde nos condujo el taxi— se sentó frente a nosotros un hombre de edad avanzada y aspecto que se me antojó de algún modo familiar, aunque no le conociera en absoluto. Tras el saludo de cortesía y el inevitable comentario acerca del calor que estaba haciendo, guardó silencio durante un buen rato, como si el inicio de la marcha del tren y su salida de la estación fuese una suerte de ritual que había que experimentar sin pronunciar palabra, con la mirada atenta a la sucesión de imágenes tras la ventanilla. Apenas hubimos pasado Los Prados y el convoy hubo iniciado la aceleración, el hombre se giró hacia nosotros:\n\n— Hay trenes que, desde el cielo, parecen reptiles gigantes que serpentean por la tierra transportando en su alargado vientre mercancías y seres humanos con un destino común. Un deslizarse sosegado sin ninguna perspectiva de peligro, como si tren y tierra hubiesen coexistido desde el principio de los tiempos. Siempre me paro a contemplar el paso de un tren, donde quiera que me encuentre; por donde quiera que éste pase. Todavía me asombra y me produce vértigo cómo se asientan las ruedas sobre los railes de acero, con esa apariencia de frágil permanencia; no digamos ya con los trenes de alta velocidad. Por ejemplo, los trenes-bala en Japón que Haruki Murakami incluye en buena parte de sus novelas.\n\n— También a nosotros nos produce asombro y cierto vértigo la velocidad con la que hacemos el trayecto de Málaga a Madrid. Y junto a ese vértigo, es inevitable que aparezcan en la memoria las estampas del Expreso y la infantil sensualidad del humo de la locomotora, de todo lo cual me acuerdo perfectamente.\n\n— Sí, también yo tengo esos recuerdos, aunque ya no era tan niño —respondió el hombre—, y aunque era adolescente, el tren era algo que siempre me fascinaba; y lo sigue haciendo. Cada vez que tengo oportunidad voy a Madrid a visitar a mi hija y mis nietos.\n\nVisiblemente emocionado, parecía rebuscar en su interior argumentos con los que prolongar sus reflexiones:\n\n— Sí... el tren —continuó con cierta divagación—. Bordeando ríos, lagos o mares. A veces por territorios inhóspitos y huraños; otras, a través de exuberancias verdes, arboladas, paisajes extraordinarios, gozosos para la vista y que, tal vez, no sea posible contemplarlos de otro modo.\n\nEl tren... Viaductos de piedra u hormigón, salvando abismos imposibles; o los construidos completamente de madera, ante los que me pregunto qué mágico conocimiento los ha hecho posibles.\n\nEsos otros trenes que llevan pasajeros hasta en los techos, con hatos y animales, porque hay sobreabundancia de personas y todas necesitan desplazarse; por llanuras interminables y adversidades climáticas, para alcanzar su destino.\n\nEl tren... Siempre es el tren el que humaniza el traslado, la migración o la mudanza en los territorios.\n\n— Y a todas luces —argumenté interrumpiendo su reflexión— parece ser el tren la más favorable alternativa de movilidad frente a los retos climáticos y energéticos que se nos vienen encima. Personalmente me encantaría que existiera una red ferroviaria que nos llevase en todas las direcciones posibles. Dejaríamos el coche aparcado para otros menesteres y haríamos los viajes cómodamente instalados contemplando nuestros bellísimos paisajes; paisajes que no se ven circulando por una autovía.\n\n— Nosotros vamos a reunirnos con nuestro hijo —añadió mi mujer—, estudia en la universidad. También buscamos una ocasión para subirnos al Ave y viajar a Madrid; siempre hay emoción contenida; un pellizco en el corazón.\n\n— Me viene ahora a la memoria —proseguí dando un giro a la conversación— el pequeño tren al que en Málaga se le conoció como ‘La Cochinita’. Su recorrido de Málaga a Vélez-Málaga y a Ventas de Zafarraya (Granada), hacía su trayecto por la costa y en todo momento se podía contemplar la mar. Mi recuerdo de niño era verlo pasar por la playa de San Andrés, en El Perchel, en su trayecto hacia Fuengirola (trayecto añadido más tarde), travesía donde había abundancia de chabolismo y miseria, y los niños jugaban junto a la vía. Debía circular a paso muy lento, haciendo sonar la bocina constantemente. Este tren fue desmantelado en 1968, y quedaron para el recuerdo los túneles de El Cantal (Rincón de la Victoria) y algunas de aquellas pequeñas estaciones en su recorrido que hoy cumplen otras funciones.\n\n— Sí —añadió mi mujer—, recuerdo perfectamente algunos viajes que hice con mi madre desde Vélez Málaga en ese pequeño tren, y cómo podía ver las olas a muy corta distancia de las vías. Y más adelante, en algunas de las curvas del recorrido, se podía ver Málaga a lo lejos, envuelta en una especie de bruma, aunque bien podría tratarse del humo de la locomotora. Era muy pequeña y, no obstante, recuerdo saber leer ya las etiquetas de los paquetes y bultos que la gente había puesto en las redecillas portaequipajes. El viaje a Málaga era siempre un día festivo y emocionante.\n\nInfancia y ferrocarril es una constante que siempre aparece cuando hago incursiones en la memoria, en los recuerdos, pues significó el punto de partida de un periodo vital. Es lo que me cuento a mí mismo, como si mi pensamiento pudiera influir, empujar en la dirección de conseguir perpetuar su permanencia en el mundo. Ignoro por qué, pero cuando imagino un tren recorriendo los campos, siempre lo hace entre filas interminables de olmos blancos. El tren está asociado a mi memoria como lo está el olor y la luz de mi ciudad; y el vaso grande de leche fría con jarabe de fresa que me daban en un bar próximo a la estación, antes de subir al tren. Es una fragancia sólo existente en la memoria. Lo de ahora es puro sucedáneo. En la estación de metro, cuando el convoy empuja el aire fuera del túnel, percibo un olor semejante a la de una estación de ferrocarril; o tal vez es mi cerebro el que se empeña en querer recordármelo.\n\nNuestro compañero de viaje parecía haber alcanzado un cierto grado de confianza con nosotros, y pasó a un plano más personal:\n\n— Hace ya muchos años que vivo en Málaga. En realidad soy de Madrid. Como he dicho, allí vive mi hija con los nietos, y cerca de ellos mi madre. Está muy mayor y frágil; es mi hija quien se ocupa de ella, y es por eso que me aferro a cualquier ocasión para subirme al tren y estar con ellos. Somos de Carabanchel Alto, no sé si ustedes conocen Madrid...\n\nAl llegar a este punto sentí un vuelco en mi interior y no pude evitar interrumpir su relato:\n\n— ¡Qué casualidad! De niño viví unos años con mis tías en ese barrio. Concretamente en la barriada San Vicente de Paul, en calle Aveiro. ¿Conoce usted esta zona?\n\nEl hombre abrió mucho los ojos y concluyó que no era posible tanta casualidad:\n\n— ¡Justo ahí es donde vive mi familia, y donde me crie; es realmente extraordinario! Pero mi calle está contigua a la que me nombra, calle de Estoril. Si somos de edad similar —como deduzco— hasta es probable que hayamos jugado en esas calles.\n\n— De entre los pocos recuerdos que conservo, está el de uno de los chavales que una tarde me invitó a ver la televisión en su casa, pues, según nos decía, era una de las primeras que se habían comprado en el barrio. Fue una experiencia alucinante... Aunque no recuerdo su nombre.\n\n— ¡Esto ya es el colmo de las casualidades! —Exclamó jubiloso— ¡Ese chaval era yo, sin duda alguna! Por cierto, me llamo Alberto; en aquel entonces, Albertín. ¡Qué maravilla!\n\nLe mencioné mi nombre, pero tampoco él lo recordaba. Visiblemente emocionado —también nosotros por tan extraordinario hallazgo— se retiró nuevamente a su silencio con los ojos humedecidos.\n\nEl viaje continuó salpicado de anécdotas por parte de todos, y el tuteo no se hizo de rogar. Casi sin darnos cuenta, anunciaron por megafonía la entrada en Puerta de Atocha. Nos abrazamos y cada cual siguió rumbo a su destino último. El hombre tomó un taxi y nosotros nos dirigimos al Cercanías que habría de llevarnos a San Sebastián de los Reyes, donde vive nuestro hijo.\n\nDentro de tres días haremos el viaje de vuelta. La expectación hace que me pregunte si hay algún acontecimiento en ciernes aguardando sobre las vías que nos devolverán a Málaga. Para bien o para mal, la vida se me antoja una cosa extraña, que nos aborda y sorprende cuando menos lo esperamos.",1786961980319]