[{"data":1,"prerenderedAt":14},["ShallowReactive",2],{"obra-herencia-inesperada-relato":3},{"id":4,"tipo":5,"slug":6,"title":7,"authorId":8,"authorName":9,"excerpt":10,"readingTimeMinutes":11,"year":-1,"pdfUrl":-1,"imageUrl":-1,"editorialUrl":-1,"coleccion":12,"contenido":13},"539c32cf-631b-4bf7-b8c5-e91539bbb196","relato","herencia-inesperada","Herencia inesperada","miguel-segura","Miguel Segura Martín","La pasada semana, al abrir el buzón, encontré un sobre sin remitente, a mi nombre. En su interior había una nota escueta y sin firmar de alguien que me citaba para el próximo fin de semana en un pequeño pueblo de la costa, concretamente el sábado siguiente a las 13:00 horas, en la Plaza de los Marinos, “por un asunto de suma importancia para usted*”*, explicaba la nota. La escritura era limpia, de trazo firme y algo me decía que era letra de mujer. Me llevé la nota a la nariz por si detectaba",7,"Relatos","La pasada semana, al abrir el buzón, encontré un sobre sin remitente, a mi nombre. En su interior había una nota escueta y sin firmar de alguien que me citaba para el próximo fin de semana en un pequeño pueblo de la costa, concretamente el sábado siguiente a las 13:00 horas, en la Plaza de los Marinos, “por un asunto de suma importancia para usted*”*, explicaba la nota. La escritura era limpia, de trazo firme y algo me decía que era letra de mujer. Me llevé la nota a la nariz por si detectaba algún tipo de perfume. De inmediato me sentí ridículo. ¿Quién iba a interesarse por mí en un pueblo donde nunca he estado y donde a nadie conozco? Ya podía haber mencionado algo acerca del asunto. ¿Quién se prestaría a acudir a una cita con un desconocido (o desconocida) y sin saber de qué se trataba? Por más que exprimía mi cabeza no conseguía ni tan siquiera intuir de qué podría tratarse.\n\nMe pudo la curiosidad. Realicé la búsqueda por Internet y reservé alojamiento en un hostal ubicado en la misma Plaza de los Marinos en la que se me citaba. Después de conducir algo más de cuatro horas bajo un tórrido cielo y con el aire acondicionado estropeado, llegué al pueblo a última hora de la tarde del viernes. La idea era dar una vuelta por el lugar por si, de manera fortuita, conseguía encontrar alguna pista antes del momento de la cita. Estacioné el coche en una calle próxima y me dirigí a pie hasta el hostal.\n\nEl Corsario Azul, anunciaba el rótulo de la fachada, sobre el bar, que a todas luces parecía formar parte del negocio hostelero. La misma barra hacía las veces de recepción, donde comprobaron mis datos y me entregaron la llave de la habitación. Todavía era temprano para retirarse a dormir y menos aún con aquel calor.\n\nEn la calle había comenzado a notarse un cierto frescor litoral. La brisa llegaba desde el mar y portaba consigo aromas que no se conocen tierra adentro. La fragancia del jazmín se mezclaba a ratos con los de las frituras del pescado procedentes del bar de la plaza, que a todas luces se me antojaba fresco; siendo un lugar costero no podía ser de otro modo, concluí.\n\nEl paseo no duró mucho. El pueblo era pequeño y el ambiente giraba en torno a la plaza. Una placa de bronce sobre el portón de un estrecho edificio informaba acerca de su función: Ayuntamiento. Un cajero automático en la esquina otorgaba al entorno la categoría de Centro Urbano, con la correspondiente señal para el visitante de un círculo blanco con un punto negro y grueso en su centro. La iglesia, sin embargo, se encontraba un tanto alejada de la “zona del pecado”, deduje para mis adentros con ironía. Cualquier asunto, por poco importante que fuera, tendría la plaza como punto de encuentro.\n\nEl bar tenía una amplia terraza delante y gradualmente se iban ocupando las mesas, probablemente para el tapeo nocturno. Debían de haber numerosos visitantes disfrutando de sus vacaciones. La noche se presentaba estupenda. Ocupé una de las mesas más pequeñas en un extremo, bajo un ficus enorme. Aquellos olores de cocina empezaron a despertar mi apetito.\n\nCuando la actividad del servicio pareció ralentizarse y los clientes manifestaban esa apariencia de estar servidos y satisfechos, puse mi atención en uno de los camareros, el que parecía de más edad y levanté la mano. Acudió al instante. Tras pedirle un café con hielo y con una disculpa previa, le pregunté acerca del origen del nombre del bar-hostal:\n\n“Hará algo más de doscientos años, ¿sabe usted?, hubo por estas costas un bandolero de la mar, que en aquel entonces llamaban pirata. Según cuentan, siempre vestía ropajes de color azul oscuro, o bien para confundirse con la noche o porque nunca los lavaba, el muy puerco. Se le conocía con el apellido de Espronceda. El caso es que la gente empezó a llamarlo El pirata azul, y los primeros dueños del hostal le arreglaron el nombre con lo de corsario para darle mayor enjundia. A propósito y por si le interesa, el nombre de esta plaza se le ocurrió al alcalde. En primer lugar por el nombre del hostal, también metió en la lista, por semejanza, Ultramarinos Paco y, cómo no, Mercería Marina, que hace tiempo que ya no está porque la gente ya no cose. Y esto es todo caballero. Si me acuerdo de algo más se lo haré saber. ¿Está alojado en el hostal, verdad?”\n\nNo recuerdo bien si en aquella ocasión —mientras le escuchaba—, concluí para mis adentros: “bendita ingenuidad o santa ignorancia”. A ratos me sentía menos arrepentido de haber hecho el viaje.\n\nAl día siguiente en la terraza, y a la misma mesa, mientras daba cuenta de un tinto de verano y media ración de puntillitas, apareció por la esquina del cajero una mujer de avanzada edad vestida con ropa oscura. Sin parecer luto riguroso, la apariencia era de viuda o doliente. La campana de la iglesia daba la una. Puntualidad anglosajona, pensé. Me levanté como muestra de cortesía. La mujer vino directamente a mí, se detuvo a dos pasos y sin saludo previo me indicó con la mano que me sentara. Ella hizo lo propio en la silla de enfrente.\n\n¿Sabe usted algo acerca de sus antepasados? La pregunta, a bocajarro, me pilló de sorpresa.\n\n¿Se refiere usted a hace un siglo, a la Edad Media, o a la época de los romanos?, respondí un tanto airado. No se me ocurrió otra respuesta.\n\nYa veo que es usted un poco lerdo. ¿Le suena el apellido de Espronceda en su rama familiar?, volvió a preguntar. Respondí que el único Espronceda que conocía era el poeta del Romanticismo español.\n\nNada de poetas ni romanticismos. En la notaría de mi padre tiene usted una herencia que tiene que recoger esta misma tarde, sin falta. Mi padre está muy mayor y no habrá de durar mucho. Me encomendó la búsqueda de usted. El cómo le encontré no viene a cuento. Está aquí, ha venido, hizo bien en responder a la nota que le envié, es lo importante. Esta tarde a las siete. Sólo hay una notaría en este pueblo, no le resultará difícil encontrarla. Sea puntual, concluyó.\n\nSin ningún tipo de despedida se levantó y desapareció en la misma esquina por la que la vi llegar. Parecía más ágil que cuando llegó, como si le hubieran quitado algún peso de encima.\n\nEl camarero con el que había hablado se acercó a mi mesa con otro tinto de verano sin que yo lo hubiera pedido.\n\nUna invitación de la señora. Es usted un hombre con suerte, vaya que sí, soltó con su desparpajo.\n\nSin darme tiempo a preguntar cómo se había gestado esa invitación, se escabulló entre las mesas, que a esa hora volvían a estar repletas de comensales. Tal vez le hiciera al camarero alguna señal que yo no percibí, deduje.\n\nAverigüé dónde estaba la notaria y a las siete en punto me encontraba llamando a la puerta. Me recibió el notario en persona y me hizo tomar asiento en un sillón bastante desvencijado. Puso sobre la mesa una caja de cuero viejo y un tanto grasiento. Extrajo de ésta un cuaderno forrado en piel con relieves dorados envejecidos y una bolsa atada por su boca, también de piel un tanto grasienta. Habló con cierta dificultad:\n\nNo puede abrir el cuaderno; es antiguo y vaya que se estropee antes de firmar y luego me echen a mí la culpa. La bolsa contiene doblones de oro de dudosa procedencia y que a mí me traen sin cuidado. Firme aquí y siga su vida con viento fresco, es un decir, y enmudeció.\n\nMe acercó un documento con mano temblorosa, sin soltarlo, y me instó a firmarlo sin darme la oportunidad de leerlo.\n\nNo se preocupe, mera formalidad, dijo con voz temblorosa.\n\nCon la caja bajo el brazo me encaminé hacia el hostal. Tenía la sensación de encontrarme en medio de algún sueño de esos que llamamos raros. Subí a la habitación, tomé una ducha de agua fría y bajé a pagar la cuenta. Mi único equipaje era aquella caja turbadora. Decidí no abrirla hasta llegar a casa.\n\nBusqué al camarero para darle las gracias por su erudición pero no lo vi por ninguna parte. Me habría gustado hacerle algunas preguntas, por si de sus respuestas surgía algún hilo del que tirar. Sobre todo por el apellido del pirata que mencionó; eso me había generado una inquietante curiosidad, y un devaneo mental irreprimible. Necesitaba información, cualquier detalle, aunque sólo fuera para aplacar el torrente de fantasías que iniciaban su despertar en mi cabeza. No pudo ser. Otro camarero, al que pregunté, me dijo que el compañero ya había acabado su jornada.\n\nOtra vez será, me dije. Tenía muchos kilómetros por delante y necesitaba estar concentrado. Ya tendría tiempo de inquietarme y pensar en todo cuanto había ocurrido.",1786961979491]