[{"data":1,"prerenderedAt":14},["ShallowReactive",2],{"obra-desde-la-cumbre-poema":3},{"id":4,"tipo":5,"slug":6,"title":7,"authorId":8,"authorName":9,"excerpt":10,"readingTimeMinutes":11,"year":-1,"pdfUrl":-1,"imageUrl":-1,"editorialUrl":-1,"coleccion":12,"contenido":13},"4f3e0167-6043-43f8-944e-92d864d344ee","poema","desde-la-cumbre","Desde la Cumbre","miguel-segura","Miguel Segura Martín","DESDE LA CUMBRE (Poemario) **La Montaña.** Desde la cumbre, donde se desmantela la invocación. Cuando retales de la consciencia refutan el torrente de la memoria impuesta por recuerdos precarios y los años se saben quebradizos, acudo con los signos del sol que descienden del cielo, filamentos de invisible luz, hilos de marioneta: ¿Libre albedrío o destino instituido más allá de las estrellas? No sé interrogar a la montaña de entonces. Asisto con el fulgor en los ojos y el designio creador en las",14,"Poemas","DESDE LA CUMBRE (Poemario)\n\n**La Montaña.**\n\nDesde la cumbre, donde\nse desmantela la invocación.\nCuando retales de la consciencia\nrefutan el torrente de la memoria\nimpuesta por recuerdos precarios\ny los años se saben quebradizos,\nacudo con los signos del sol\nque descienden del cielo,\nfilamentos de invisible luz,\nhilos de marioneta:\n¿Libre albedrío o destino\ninstituido más allá de las estrellas?\nNo sé interrogar a la montaña de entonces.\nAsisto con el fulgor en los ojos\ny el designio creador en las manos.\nHay sombra de luna y estallido de simientes\ncon vocación de flor.\nEl océano de árboles me envuelve\ncon su magma vegetal de enredadera,\nsus hidrógenos de sales y mineral vetusto.\nLa llovizna silenciosa,\nla niebla aterrada y el escalofrío,\nun enigma que se forja\ncomo copia de algún universo cercano.\nLa oscuridad me interpela.\nPrometo no condescender a los caprichos\nni a las necesidades creadas.\nAquel cielo me otorga su amparo,\nla inquietud constante de la alerta\ny el despertar de los sentidos olvidados.\nLa tierra me muestra los entresijos de la vida,\nla obstinación de la simiente\nal encuentro de la luz del Sol.\nMe instruye la montaña\nen la supervivencia,\nen el transitar plegado a los cantos del camino,\na las artes de antaño no escritas,\na las incomprensibles destrezas\nque me convierten en eco de lo aprendido.\nEnsayo la destreza sobre la albarda,\nel arte de la carga de leña,\nlas voces antiguas que entiende el animal.\nPor el giro minucioso de sus orejas\npercibo presencias no esperadas,\nacechos invisibles que se alejan.\nMe rodea tanta diversidad\nque me parece la soledad\nuna idea inventada por los mismos\nque nos imponen un dios\nque no han visto ni verán jamás.\nEl silencio del monte\nes profuso en susurros.\nEl murmullo del viento\ncuando sopla entre cornisas,\ndesliza por el aire lamentos aflautados,\na los que responden las águilas\ncon chillidos de autoridad en sus dominios.\nMe inicia Eladio, el pastor,\na tirar la azada con desprecio\nporque la tierra no entiende\nde lenidades ni dulzuras:\nsi no sudas, no comes.\nCon la liviana toba\nhoradada por milenios de lluvia,\ny argamasa de barro blanco,\nhago mi primer horno\npara cocer el pan y sus misterios.\nEl conjuro de la harina con el agua,\nel triunfo del calor sobre la blanda materia,\nla alquimia primigenia,\nregalo de los dioses, sin duda.\nEs la roca, la de entonces,\nesculpida por la sempiterna lluvia,\nmi morada, mi escuela, mi alimento.\nSiguen susurrando los esbeltos chopos\ncon la brisa de la mañana\najenos al paso del tiempo,\nrecordando, sin cuestionarlo,\nque nuestras pisadas dejaron indicios.\nLa marcha de las bestias\ntiradas por sombras anónimas\nque añoran atajos y collados.\nIndulgentes, aferradas,\nobstinadas, tal vez,\npor redimir la memoria que siempre usaron.\nQuedan las silenciosas ruinas\nporque la piedra vive más que el hombre.\nFantasean por intimar con sus secretos.\nLas piedras gritarán llegado el prodigio.\nCuando se cierra la noche sin luna,\nel tiempo parece ausente, desterrado.\nNingún susurro ni aleteo.\nNingún crujido de rama seca.\nNada late ni jadea en el oscuro silencio.\nTodo parece empequeñecido,\ncuando es convocado por el Cielo.\nUn océano infinito de estrellas\nse adueña de la oscuridad.\nTodo parece aguzar el velado sentido\npara desentrañar los designios.\n¿Libre albedrío o destino?\nLos que siempre miran al suelo responden\nque así es la vida en este mundo,\nque el universo es igual en todas partes:\nnacimiento, dolor y muerte.\n\n**Delante de la chimenea.**\n\nEmerge la enésima ensoñación\nsitiada por la noche.\nLa nebulosa de oscuridad circundante\nirradiada por la luz del fuego\ndifumina los muros\ny las vigas de madera.\nLa estancia parece pulcra, agraciada,\ninvisible el polvo acumulado,\nintangible la cal deshojada.\nLas sombras danzan a mi espalda.\nMe giro inesperadamente\npara sorprender su coreografía.\nSe mueven en otra dimensión\ny no comparten sus secretos.\nEl fuego me ampara como una madre\ny la soledad del momento\nes como una envoltura mística.\nLamen las lenguas de la candela\nlos despojos del bosque,\nde los fresnos recios y generosos\njunto al arroyo, ramón abatido\npor hacha de pastores\npara verdeo de reses,\nque al poco es madera seca\npresta al sacrificio.\nLos astiles más cabales,\nse transforman luego\nen mangos para herramientas.\nSiento que entiendo la madera\ny ésta se muestra dúctil en mis manos.\nLa reflexión bosteza.\nMengua el crepitar de la madera consumida.\nLas ascuas inflaman la tez.\nLa visión fascinadora del rescoldo\nme acerca inexorablemente\na la bóveda onírica de la noche.\nY me abandono al sueño.\nMañana será el enésimo sábado.\nVisitar a Ian Dumbar.\nSu pequeña Escocia.\n\n**La Ruina.**\n\nBajo el nogal,\nuna rodaja enorme de pino negral, gruesa,\nsemejante al origen de la rueda,\noriunda de un corta de pinos viejos...\nSobre aquella mesa medieval\nson incontables los brindis\nal cobijo del decano nogal.\nE incontables son\ntertulias y parlamentos.\nVislumbramos que las gentes\nde aquel diseminado de montaña,\nlo ocuparon hace doscientos años,\ncolonos por encargo de la corona\na cambio de repoblar.\nUn diseminado con relatos oscuros,\nenvidias enquistadas y artes oscuras\npara emponzoñar al vecino atravesado.\nLe cuento historias oídas del pastor\nbajo la sombra de mi nogal,\nliando tabaco verde de la petaca de Eladio.\nLa noche se va cerrando y nos envuelve.\nFlorecen entonces\navezadas disquisiciones del intelecto\nque explora lo inasible,\ncuestiones con respuestas siempre postergadas\npara el siguiente encuentro,\nel anhelado brindis bajo las estrellas.\n¿Accidente o destino?\nY entonces se desatan\nlas más sesudas digresiones\nhaciéndonos parecer griegos arcaicos\nqueriendo descifrar el mundo.\nLos Hidrógenos de Ouspensky,\ngrumos insustanciales que huyen de la razón,\nque aún hoy, se resisten a ser aprehendidos\npor la maraña neuronal.\nEntre discursos y bromas agnósticas,\nIan me alecciona acerca de los caldos\nde la uva tinta y sus rangos,\nque arrebata a su humilde bodega\nmientras las constelaciones\ncambian de ubicación.\nDespués de tantos años, le recuerdo.\nBusco su nombre en Internet.\nSólo hay una reseña:\nIan Dumbar se marchó para siempre.\nUn brindis por ti, sea cual sea\nel Hidrógeno en el que te encuentres.\n\n**Sendero nocturno.**\n\nCon los efluvios y las revelaciones aplazadas,\ndejo atrás La Ruina.\nCamino sendero abajo,\nvaliéndome de las sombras que conozco,\nel perfil de las rocas y los árboles.\nAlguna vez me pierdo.\nCon la niebla aterrada,\nes como transcurrir por un sueño tenebroso.\nMe amparan el instinto de orientación,\nlas piedras que reconozco en los recodos.\nEl silencio, oscuro y antiguo.\nEl silencio de la montaña,\najeno a las estridencias urbanas.\nLos vestigios de zorros o jabalíes,\ncrujidos inquietantes en la maleza\nque atribuyo a una huida por mi presencia.\nNunca siento el temor de un acecho.\nEl zureo nocturno de las torcaces,\nel ulular de las lechuzas\no el reclamo del mirlo\ntrasnochando en primavera.\nSonidos que imagino\nhuidos a la ciudad,\nmigrados desde estos montes\na los árboles cercanos de los arrabales.\nCuando avisto el nogal centenario de mi casa,\nme sé a salvo de los murmullos nocturnos\nde la montaña.\n\n**Trinidad y Domingo.**\n\nPastores de lo ajeno, guardeses de tierras\ny hortalizas del amo con casa en la campiña,\nque acude sin aviso a otear sus beneficios.\nDueños de nada, tienen lo imprescindible:\nLa inocencia primitiva.\nLa risa limpia de los desheredados\nque se saben libres de esa carga.\nUna virtud indescifrable de contar,\nde narrar historias imposibles\nsin finales con perdices y el misterio último\nque jamás desvelan, tal vez,\npor temor a los guardianes del manantial\nde donde ellos beben.\nO quizá, por una infantil felicidad\nde sentirse poseedores de secretos\nque nadie más conoce: los elegidos\npor la insondable deidad de la montaña.\nDos seres imposibles de concebir por separado.\nJuntos en la madrugada,\ncuando se abren rediles y tinadas.\nJuntos en el ocaso,\ncontando las ovejas del amo,\ntambién las suyas, las escasas,\nla esperanza de rebaño que jamás será.\nSiempre juntos.\nSoledad compartida hasta el último aliento,\nun refugio bajo el cielo protegido de desahucios,\ndueños indisolubles de sus vidas despojadas.\nEncontrarse solo con uno de ellos,\ngenera inquietud y la pregunta inevitable.\nEl uno sin el otro,\nes como hacer pan sin harina.\nJunto al fuego, donde se cuecen lentamente\nlas judías tiernas de su cena,\nme ofrecen la bota desgastada\ncon vino manchego, cervantino,\nmejorado por la añosa pez de su entraña.\nTras varias rondas,\ncuando el brillo aflora en la mirada,\nse acomodan en la anea\ny lían un cigarrillo de tabaco verde,\nofreciéndome la petaca.\nTabaco que cultivan en rodal secreto\najeno a las leyes arcaicas del monopolio.\nEn ocasiones me preguntan\ncon la estrella de la curiosidad en los ojos:\n¿Por qué dejas la ciudad y vienes aquí?\nAquí sólo hay penar y malicia de pastores.\nSe mofan de nuestras personas,\nse ríen de ti, por nuestra juntera, y se burlan\nde cómo plantas los ajos en el baldío.\nQue jamás darán fruto esos árboles\nque has puesto en la tierra. Desgraciados.\nLa cueva de los enigmas.\nOtro trago a la bota, otro círculo cerrado,\ny retoman el relato\njusto allí donde sucede el evento:\nUn cordero extraviado.\nUna pastorcilla en pos de su rescate.\nAmbos engullidos por siempre jamás\npor la ‘Cueva de la Encantá’.\nDemando saber más, pero ellos ríen como niños.\nAnhelo saber llegar allí; se tornan reservados:\nnadie debe acercarse, nadie jamás debe entrar.\nCon la niebla aterrada es crucial\ndar un gran rodeo para no ser atraído.\nEstá en el ‘Collao del Roble’,\noculta a la vista entre los pliegues del monte,\ncamuflada entre arbustos y chaparros.\nPor donde está el cementerio deshabitado\ncercado con muros de piedra seca.\n¿Será verdad? La pista es ambigua.\nMe hacen esa generosa concesión,\ncortesía de la casa, de su casa.\nPero que no lo busque,\nes un sitio que no se deja encontrar.\nY siguen riendo con travesura de gnomos.\nA modo de clausura,\ncomo quien mueve el dial,\nmencionan otra cueva singular,\nmás lejos, más ilocalizable.\nNo pregunto.\nEs la ‘Cueva del Pedernal’\ndonde hay una gran losa esculpida\na modo de mesa,\ny esculpidas son también las sillas,\nlos platos, lo vasos y las vasijas.\nUna fascinación irresistible y embaucadora\npara quien osa penetrar en su penumbra.\nSólo nombrarla les eriza el vello\ne inician una nueva ronda de vino\npara apaciguar la arcana aprensión.\nLa juventud de la noche, su euforia,\nresuelven arribar a la Cueva del Agua.\nManantial propio, fresco,\nlíquido con quilates irrefutables\nvertido en una pileta natural\nhoradada por el tiempo y el ingenio,\ndonde vecinos anónimos de antaño\nhallaron reliquias de moriscos,\ndejadas atrás por el católico desahucio real,\npor si llega un mañana de esplendor y de retorno.\nVasijas con monedas,\nbroche de oro y piedras de colores,\narqueología pastoril que también halló\nsarcófago ibero de plomo,\npara regocijo de coloquio junto al fuego.\nConcluye la exposición.\nSe cierra la noche.\nRegreso al sendero ceniciento\nbañado por la luna e imagino que,\nun día de estos, recolectando piñas\npara calentar el horno,\nsentiré la punzada de pavor\nal hallarme ante la entrada de la cueva.\nLa otra voz, la que usa la razón\npara susurrarme que sólo es un cuento,\nme devuelve al suelo antiguo\ny me emplaza a llegar cuanto antes\nal cobijo protector y a la candela.\n\n**Venta de Niceto.**\n\nA poca distancia de donde habito,\nhay una casa con parra sobre la entrada.\nGeranios, rosas y caléndulas,\nmanzanilla y hierbabuena,\nen barreños viejos, latas oxidadas\ny recipientes de otro mundo.\nEl exiguo jardín de La Rufina.\nLa única cosa que venera\ny atiende con primor.\nA Niceto se la juró de por vida\nuna noche aciaga en que supo\nque la herencia paterna\nse la jugó en trasnochada\nde vinos y celada de naipes.\nCosario de oficio,\nmercader de quincalla, botijos\ny otras fruslerías,\nrecorría la comarca con su mula\nsatisfaciendo encargos.\nFue Niceto al pueblo con los dineros\na mercar nueva casa.\nQuedó con el alma y el fondillo vacíos.\nDisipada la dignidad se jugó a su mujer,\ntambién en eso perdió.\nUn individuo visitó a La Rufina\nexigiendo cobrar la deuda.\nTuvo que correr como jineta acorralada.\nRegresó Niceto arrastrando vergüenzas\ny cobardía.\nNegra noche sin luna.\nCuchillo en alto tras la puerta.\nFue la oscuridad la herida sin sangre,\npero en el éter quedó suspendida\ntoda la ferocidad vaciada\npor el alma de la mujer, ya convertida\nen desprecio y amargor infinitos.\nDesde ese preciso instante,\ncomo juramento hecho al Cielo,\nalimenta el encono hacia toda criatura\nque ostenta el género masculino.\nHan serenado los años la saña y el dolor.\nJunto a la casa,\nen un exiguo rincón de carpintería,\nse refugia Niceto haciendo sillas de chopo,\ncon asientos de pita teñida con anilina.\nVendidas en la venta\njunto a un menguado surtido de víveres\ny botellines frescos.\nEn horas de sesteo,\npastores juegan al tute con Niceto.\nLa Rufina los vigila con desprecio.\nNo sabe que cada botellín sobre la mesa\ntiene un valor añadido y concertado.\nRufina y Niceto son casi ancianos.\nLa vida en la montaña\nles confiere la traza de vida indemne.\nPronto se irán con los hijos,\nlejos, a la ciudad del humo y el estruendo.\nNo les recogerá la parca.\nEl fin de la última página\nlo escribirá la pena negra con tinta amarga.\nAtrás y abandonadas quedaron flores,\nhuerta y muros de piedra silenciosa.\nA pocos pasos de la casa hay un árbol\nque fructifica cuando acaba el verano.\nRacimos de bayas negras que nadie recoge.\nAhora sé que es un saúco\ny hago exquisita mermelada.\nAhora también sé que en el septentrión\nse le tiene por árbol sagrado.\n¿Lo sabría La Rufina,\nguardiana de las plantas?\n¿Cómo llegó ahí esa especie\nde tan lejanas latitudes?\nQuiero pensar\nque la Dama del Saúco,\nen su magnanimidad,\nhaya inspirado paz y clemencia\nen sus cansados corazones.\n\n**Ellos (Amigos ilustres)**\n\nYa no recuerdo por dónde levanta el Sol.\nLigeramente al Norte, tal vez, en breve trecho,\nhay otra casa, restaurada e inexpugnable,\nrefugio para días arrebatados\na la ciudad y a la rutina.\nAcogedora estancia y compañía.\nUna cena navideña con brindis y lágrimas.\nPorque Ellos\nson padres huérfanos de hijos\nque partieron en su flor.\nÉl derrama,\ncomo un embalse desbordado,\nlas lágrimas tanto tiempo defendidas.\nNo sufrir, no añorar, no sucumbir\na la idea de que los logros de su Arte\nsean fruta agria que no alimenta.\nComo Artista de lo antiguo y de lo urbano,\narremete contra los destructores\nde la acuarela urbana,\nque, teniéndose por modernos,\nse inhiben de la restauración,\nsiembran la ciudad de atrocidades,\ncon turbia estela de intereses\najenos al Arte de hombres y mujeres\nque prodigan vidas al fervor de la villa.\nDe estación a estación,\nrecorre el Parque dibujando\nlos restos de la olvidada arquitectura,\nruinas de voces apagadas,\nde espíritus entumecidos que el Artista\nse aventura a descifrar\nentre delicadas líneas de esbozos.\nLo oculto, lo inasible.\nCaserías de piedra y cal\nforjadas por manos ásperas\ninsuflando virtud en el fuego y en el barro.\nCaserías del olivar erigidas para el trabajo,\nlos aperos, el fruto y la simiente.\nPara el frescor del descanso,\nmientras fuera, en el secarral,\nlas chicharras anestesian los sentidos.\nEl breve, pero merecido sesteo,\nes el ungüento que alivia\nardores y tenacidades.\nCaserías de montaña,\nmoradas de piedras desgajadas del entorno.\nÁrboles espigados para ser\nvigas de techumbre y humilde tablazón.\nArcilla roja, ancestral, modelada al fuego,\npara resguardo de inclemencias.\nLa soledad y el abandono.\nEl Artista lo esculpe en sus bosquejos,\ntentación para fraguar la crónica\nde lo que pudo ser.\nPero el Artista sabe\nque en cada piedra que dibuja\ninfinitos universos se involucran,\nno para mermar el Conocimiento,\nsino para ensimismar el alma con los Prodigios.\nEl Artista es arquitecto.\nConoce la paciente carga\nque soporta cada esquirla,\nantigua o reciente,\nextraída de la veta más venerable.\nLa piedra es más antigua que el hombre.\nPero el Artista las somete\ny construye catedrales.\nLas dibuja en su decadencia\npero no ve ruinas,\nsino el retorno a su estado primigenio,\nesperando, tal vez,\na reencarnarse en puentes o fortalezas.\nLa piedra, la roca, la montaña,\nconvención de átomos\na los que ponemos etiquetas.\nFragmentos de estrellas enfriadas\ndespués de la explosión\nque portan consigo el multiverso,\nlos cuantos enamorados,\nsoñadores con el anhelo, quizá,\nde erigirse en mazmorra\no en biblioteca nacional.\nEl Arquitecto no pregunta a la piedra\nqué quiere ser: la toma, la moldea,\ncomo escultor que transfigura\nla roca inquebrantable\nen asombrosa hazaña de belleza.\n\n**Desde la cumbre**\n\ndonde destejo la memoria,\nno reconozco arboleda ni caminos,\ntampoco las caserías con piscina,\nel blanco perturbador, tejas de estreno,\nlos cercados de alambre.\nTampoco están los nogales centenarios\nsacrificados a la industria infame\nque aparenta nobleza en moblajes falsos.\nLa montaña entonces,\ncomo madre absoluta del mundo,\nagita sus sombras y sus vientos,\nlos que otorgan al Artista\nla mirada primigenia,\nla voluntad inquebrantable.\nPor siempre jamás.",1790520808754]