[{"data":1,"prerenderedAt":14},["ShallowReactive",2],{"obra-camino-recorrido-poema":3},{"id":4,"tipo":5,"slug":6,"title":7,"authorId":8,"authorName":9,"excerpt":10,"readingTimeMinutes":11,"year":-1,"pdfUrl":-1,"imageUrl":-1,"editorialUrl":-1,"coleccion":12,"contenido":13},"090dd97c-7f78-48c3-ad8b-daead960879b","poema","camino-recorrido","Camino recorrido","miguel-segura","Miguel Segura Martín","\u003Cspan class=\"verse-center\">\u003Cstrong>Miguel Segura\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fspan> \u003Cspan class=\"verse-center\">\u003Cstrong>Certamen de Poesía Andaluza de las Alpujarras 2024\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fspan> **Mi primera escuela** Una casa antigua con pupitres, al final de la escalera; una casa de bullicios en los Callejones del Perchel con apariencia de museo pudoroso, donde los pupitres de madera con arañazos, manchas de tinta y serpenteos de carcoma, parecían obras cubistas indescifrables. Tenían un enorme ojo de cristal incrustado en",9,"Poemas","\u003Cspan class=\"verse-center\">\u003Cstrong>Miguel Segura\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fspan>\n\n\u003Cspan class=\"verse-center\">\u003Cstrong>Certamen de Poesía Andaluza de las Alpujarras 2024\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fspan>\n\n**Mi primera escuela**\n\nUna casa antigua con pupitres,\nal final de la escalera;\nuna casa de bullicios\nen los Callejones del Perchel\ncon apariencia de museo pudoroso,\ndonde los pupitres de madera\ncon arañazos, manchas de tinta\ny serpenteos de carcoma,\nparecían obras cubistas indescifrables.\nTenían un enorme ojo de cristal\nincrustado en la madera, de negro brillante,\ndonde mojábamos el plumín\ncon el consiguiente goterón de tinta\nque caía, inevitable,\nsobre la libreta o el artístico tablero.\nUna auténtica prueba\npara los neófitos que se iniciaban\nen el dibujo de las letras.\nDoña Paquita, que desde hace mucho\ndebe transitar por los senderos\nde las estrellas y los planetas,\ntuvo la osadía de crear un parvulario\nen un barrio ignorado\ndonde sólo había tabernas.\n\n**Mi calle, mi barrio**\n\nConstancia.\nFue en esa calle\ndonde se estrenó mi vida.\nDe los Percheles, el barrio,\nde pobreza envejecida.\nLa fábrica de hielo blanco\ny una gran carpintería\neran límite y frontera\nde mi azul chiquillería.\nCuando unas callosas manos\nespadas a mí me hacían;\ndos tablillas bien cruzadas\nde un martillazo ceñían,\nde guerrero era mi juego,\nla libertad defendía,\ncon triciclo galopante\npor mi calle, protegida,\nde posibles atropellos,\ncon galopada aguerrida.\nBatea con un caballo\nel silencio interrumpía,\na cargar hielo en lingotes,\ncalmosa y desentendida.\nDispuestas las frías barras\ny con lonas protegidas,\ncon manso trote el equino,\nflanqueaba las esquinas.\nHumedad de cochinillas,\nmoho de jabón lagarto,\nimágenes fantasmales\nque cubrían el desconchado\ndonde no averigua el sol\npor dónde asomar un rato.\nUn lebrillo comunal,\ngrifo de bronce y verdín,\ndonde lavan las mujeres\nen un sempiterno charco\nsalpicado de miserias,\nde sudores incrustados,\nmientras tararean zambras\nde futuros sepultados.\nY corren así los días\ncon transmutación en años\nsin que los rayos del sol\nsequen este soterraño.\nDe niño me estremecía\nal cruzar este aledaño\ny se quedó en mi memoria\nla sombra del desengaño.\nConstancia, nombro a mi calle,\nno hay nombre más apropiado.\nEl verano sofocante\nsaca en la noche a la acera\na hombres, mujeres y niños,\ncon sus sillitas de anea.\nTempladas conversaciones,\nimperturbable asamblea,\nmientras, la chiquillería,\npor la calle serpentea\njugando a pillarse algunos,\notros, solos, fantasean\nque son valientes y osados,\ny su arrojo paladean.\nLances vistos en el cine\ncon tortilla y odisea,\ncine a cielo descubierto\ncon jazmín que zarandea\nla brisa de media noche\ncuando el terral chacotea\nen los portales cerrados\nsin que nadie lo entrevea.\nMañana será otro día\nsofocante, y sin nevera,\nanhelando ya la noche\nque es su divisa fresquera.\n\nCallejones de tabernas,\ndesheredados sedientos,\ndefraudados de voz bronca,\nse arrancaban ya por tientos,\nya por tristes bulerías,\nrogativas de tres versos.\nCuando el día ya se acaba,\ny en la noche, muy despiertos,\nno acudan las pesadillas;\nfaenar para el sustento,\nnavegar en la mar fría\nocultando su lamento\ncon el último resquicio,\nsu porfía en el tormento;\nen las redes plateadas,\ninsuficiente alimento.\nMadrugada y frustración,\na la tarde, vuelta al templo,\nreducto en los callejones,\nredomas de salvamento,\nlos versos ya desgarrados,\nsoleá y remordimiento.\nCallejones de El Perchel,\nse cumplía en otro tiempo.\nPersonajes de otras horas\nque en la memoria resguardo,\nlos que hacían embutidos\no en su casa los helados\npara rodar por las calles\ny ganar los pocos chavos.\nTranviario, Morcillera,\nPosadero y otros tantos\nque obsequiaban a los niños\ncuando en la calle, jugando,\nnuestras madres no miraban.\nBocados de contrabando\ndeliciosos, suculentos,\nque nunca fueron hartazgo;\nllegábamos siempre prestos\nal almuerzo convocados,\nque nuestra hambre pequeñita\nya era el hambre del pasado,\nfideos con boquerones\ny un pedazo de pan blando,\npregonados de mañana;\npescador con sus cenachos,\ncon su carro el tahonero,\nsus voces reverberando.\n\nCerca el día de San Juan,\ntalentos adolescentes\nme pidieron los tebeos,\nque, estando convaleciente,\nmiraba con regocijo.\nEra un proyecto valiente:\ndoña Urraca y Caramillo.\nCabalgando en un cohete\ndoña Urraca bajo el cielo\nvolando hasta el inocente\ny tímido Caramillo\nsentado en luna menguante\nasustado y compungido.\nCon pintura llameante,\nhecho todo con cartones,\nmaderillas y bramantes,\nlos colgaron en la calle\na la espera del instante.\nSe quedaron mis tebeos\npero no albergué reproche.\nTodos en la calle juntos\nen cuanto dieron las doce,\nvimos arder nuestro ‘júa’.\nNoche de fuegos y goce.\nEntre límites jugaba,\nera calle con fronteras,\nel hielo en una punta,\nmadera en la otra acera.\nSobre el refulgente suelo\nmi caballito piafa\ny celebrando victorias\nal cielo apunto la espada.\n\n**A Madrid, con la misma infancia**\n\nPertrechado de niñez, también\ndel eterno pantalón corto,\nnos dejaron con mis tías\nde Carabanchel Alto.\nMi hermana, chiquita y risueña;\nyo, diablillo inesperado y contestón.\nNos mostraron una ciudad\nabundante en ruinas\ncon calles intransitables,\npero no hablaban de la guerra,\nsalvo para mencionar el hambre\ncuando hacíamos mohines\nante el plato de lentejas.\nAvatares de la maldad humana\nque a muchos\nles amargó la existencia.\nTambién nos mostraron\nel lado amable:\nfastuosa arquitectura,\njardines interminables\ncon estanque y barcas sin oleajes.\nSonaban en la radio\nlas zambras, los pasodobles\no el tango milonga\nVino amargo, de Rafael Farina.\nPero fue otra música la que se coló\ndentro del alma,\nmostrándome la senda\nal universo de sonidos\ninfinitos, que a la par,\naliviaban el dolor en las pantorrillas\nque las monjas del colegio me infligían\ncon la caña del escobón\npor mis travesuras.\nOtro gran descubrimiento fueron los tebeos;\nmi iniciación lectora.\nA cambio de no protestar\npor las largas caminatas,\nse me otorgaba el premio de la lectura;\nel fascinante y seductor\naroma de la tinta sobre el papel\nrecién salido de la imprenta.\nAventuras legendarias que después\nrecreábamos en el juego de la calle.\nLo que más me entristecía del tebeo,\nuna y otra vez, me acechaba\nal final de la última página,\ncuando aparecía la palabra “continuará”.\nEn la calle éramos policías o ladrones;\nindios o vaqueros, y había otros\nque mataban pájaros con su tirachinas.\nNuestra afición golosa eran pipas y regaliz,\nno había otra cosa.\nEn la tarde, a la voz de ¡merienda!,\ndesde los portales,\nel juego se detenía como frenada en seco,\npor el hoyo de pan con aceite,\npor la onza de chocolate\nduro, duro, duro.\n\n**Niño y extranjero**\n\nHabía un bosque en penumbra,\ncon un cervatillo muerto.\nUn nido con huevos azules\nprotegido por rubios compañeros.\nTrepé, negligente, toqué...\nTrepé, insuficiente, y caí...\nPero el lecho era blando.\nEra lecho de bosque oscuro.\nBosque de misterios.\nBosque de niños,\nsólo consentido\ntras la recogida de grosellas\ny frambuesas.\nUn día, movido por el valor\ny la desobediencia,\nencontré la frontera de ese bosque,\nde ese inmenso bosque en penumbra.\nY el universo\nse me hizo más pequeño.\nNo entendía mi desconcierto\ncon el ‘guten Morgen’ que se me exigía,\nel buenos días\nde aquellos fríos amaneceres,\ncamino de la escuela.\nEn aquellas calles empedradas.\nMedievales.\nDesiertas.\nSólo escolares\ny rústicos ancianos.\nArcaicas deidades germanas,\nengreídas y frustradas,\nexigiéndole tributo al extranjero.\nA mi amigo Luisito, el gallego,\nle fue peor.\nLe patearon dos querubines,\ndisminuidos y teutones,\nante mis ojos atónitos\ny mi rabia aún sin estrenar.\nEra el año\nmil novecientos sesenta y tres.\nEn Erlensee.\nSuena la sirena.\nTodos en fila.\nEntramos en el edificio\ncon la disciplina aprendida.\n¡De repente!\nun brote de alegría,\nvisceral y libre\nme eleva escalera arriba\ncon la emoción prendida\ny la carcajada.\nEn el rellano,\nel ‘Herr Direktor’.\nCon las manos cruzadas en la espalda.\nCon la mueca infame del dictador.\nCon la falsa amabilidad del verdugo.\nY cuando ya creía pasada la tormenta,\nuna mano enorme y emponzoñada\nse ensañó con mi mejilla\nde nueve años.\nTodavía conservo ese dolor\njunto al brillo enfermizo de sus ojos,\ny el odio racial de sus dientes blancos.\n\n**En el recuerdo, en otras tierras**\n\nUn campanario distante,\nel aroma silvestre de las agujas verdes,\nel vuelo rasante del cernícalo,\nel agua límpida y despreocupada.\nEstoy a los pies de la montaña,\ndonde la tierra cambia de nombre\ny se orilla el mar del olivar,\ndepositario del sudor y la fatiga;\nmudo testigo de la amargura, el desdén,\ncodicia sin callos en las manos,\ndolor irreversible, sanguino,\nantiguo como el mundo.\nHubo un hombre curtido\npor la intemperie y la tristeza,\ndespojado de apellido y de pasado.\nSentado ante la lumbre,\nhundiendo la cuchara en la sartén de migas\nsobre la triste trébede, me habló\nde la virtud de curar la ‘carne cortá’.\nY que en aquellos años\ndel hambre y del miedo,\nel juez de ese vecindario\nse cobraba los castigos, las deudas\ny los desahucios con fanegas de olivos,\nminifundios de hambruna\nque engrosaban las lindes de su feudo.\nLucas.\nLos huesos endurecidos\ncomo madera de encina.\nLa piel de pergamino antiguo,\nla mirada que siempre busca la verdad.\nMe enseñó la rebusca de la oliva,\nel merecido jornal, limpio y austero,\nel aceite nuevo, oloroso, virgen.\nSin brújula, en el infinito olivar,\nsiempre encontraba el camino de regreso,\nla salida del laberinto,\nsin ayuda de hilo alguno;\ncon el instinto telúrico de la paloma.\nY, en esa misma tierra\ndescubrí, decepcionado,\nque la altivez aceitunera\nde la que habla el Poeta,\nse había transformado en zancadillas\nal forastero que se gana el pan\ncon el esfuerzo de sus brazos,\nel ahínco de estar a la altura\ndel arresto que se le exige\npara cumplir la cuota recolectora.\nNos escondían las varas\nque, confiados, dejábamos en el tajo\npara el día siguiente,\npara el nuevo amanecer frío\ny esperanzado en la suma del jornal.\nOcultos la rabia y el desaliento,\nse completó la senda,\nhasta el último olivo.\nQue, como ya se sabe:\n“Se hace camino al andar...”\nAhora, echando la vista atrás,\nrecupero los versos aceituneros\nde Miguel Hernández\ny reconozco el orgullo en su poema,\nel mío y el de todos cuantos,\nsobre la escarcha de la amanecida,\nanhelábamos el sol,\ntanto o más,\nque el jornal sin duda merecido.\nPero no acaba aquí el camino;\nse hace largo de contar.\nLas sendas que siguen,\nque no se detienen, que se bifurcan,\nque se alargan y se borran,\n“como estelas en la mar”:\nSon palabras del Poeta.\nPalabras de la verdad.",1790520813890]